Transatlántico | No habrá paz para los malvados
A siete años de su muerte en una celda, Jeffrey Epstein sigue siendo un Chernobyl que irradia a todos los que estuvieron cerca.
Uno
En La edad de la inocencia, de Edith Wharton, magistralmente llevada al cine por Martin Scorsese, se puede acceder a la intimidad de la sociedad neoyorquina de finales del siglo XIX. A más de cien años de aquellos tiempos, tanto en la lectura como ante la película, podemos entrar en los salones y las alcobas de la alta burguesía. Si nos proyectamos a esa misma distancia temporal pero hacia adelante, es posible que en el futuro, para tener una perspectiva de nuestra época, sean materia de consulta los papeles de Jeffrey Epstein, una completa crónica despiadada de las relaciones humanas que se dibujan desde el poder.
Cuando hace siete años el mayor pederasta conocido de la historia reciente se suicidó en una cárcel de Manhattan –al menos así lo describe el informe oficial del que surgen no pocas dudas–, parecía cerrarse un capítulo oscuro para serenidad de la mayoría de los vinculados a esta trama. Pero ni la rabia de las víctimas, ni el olvido del cuerpo social se han apagado. La crónica que relata la enorme cantidad de correos electrónicos que se desclasificaron, a los que se pudo acceder por una ley del Congreso estadounidense y gracias a que muchos integrantes del movimiento MAGA rompieron la disciplina partidaria sumados al voto de los demócratas (lentos en la reacción por la parte que les toca en el destape), permite conocer gran parte de la historia oscura de Epstein.

Donald Trump sigue en la cuerda floja de esta trama que aún guarda pliegues desconocidos sobre la relación de una casta de varones blancos de la alta gama social con mujeres menores de edad. Trump, que aduce haber roto con Epstein hace más de veinte años, lo expresó con elocuente transparencia en una declaración pública: “Es muy divertido estar con él [Epstein]. Incluso se dice que le gustan las mujeres hermosas tanto como a mí, y que muchas de ellas son bastante jóvenes”.
No es ligera la lista de comprometidos. Es verdad que no todos estuvieron implicados en las prácticas sexuales en alguna de las casas o en la isla privada de Epstein, pero sí que mantenían vínculos con él conscientes de la trastienda de su vida privada e, incluso, cuando ya había sido juzgado en 2008 –de una manera sui generis– por delitos sexuales. No son nombres menores los que aparecen, empezando por los de dos presidentes, Trump y Clinton, y siguiendo con el expríncipe Andrés, el tecnócrata Bill Gates, el rector de Harvard Larry Summers o el premio Nobel y biólogo molecular Richard Axel, entre muchos más. En el peritaje de los documentos que hizo la periodista Camila Dolabjian contabilizó 711 extractos diferentes, entre los cuales se hace mención a la Argentina o a ciudadanos del país.
La vida de Epstein ofrece muchos pliegues que, afortunadamente, se van conociendo pero, todavía, detrás de su figura aún crece el misterio sobre la construcción de su inverosímil imperio financiero y lo más hermético de todo: cómo pudo levantar un impresionante muro de impunidad a lo largo de su vida.
¿Cuál fue la clave de bóveda del sistema de seguridad de Jeffrey Epstein?
Dos
Hay una fotografía del interior de la casa de Epstein, en la calle 71, junto a la Quinta Avenida de Nueva York, en la que se ve la escultura de una novia aferrada a una cuerda que cuelga en el atrio central. A pesar de ser de bronce y por ello, excesivamente pesada, se arriesga a la fuga con una simple soga. Una víctima real de Epstein lo intentó en su isla Little Saint James pero la escapada duró muy poco: en todo momento las cámaras de seguridad siguieron su huida paso a paso. Las víctimas de Epstein no han podido escapar y nunca podrán hacerlo porque sus ojos las siguen observando.

El ejercicio inverso, escrutar detenidamente en el interior de la mirada de Jeffrey Epstein, es más complejo: encierra innumerables puntos ciegos. Ha ido volando puentes que dificultan armar el plano completo de su recorrido. El relato se interrumpe cuando aparecen giros claves que están en blanco, como si se levantara, de repente, la niebla. Aunque solo en apariencia: es pura contaminación.
La vida de Epstein es un Chernobyl que irradia a todos los que atrajo o convocó para sus planes. Magnates que han sido estafados durante años bajan la mirada; socios de Wall Street asumen penas en solitario por no inculparle. A Trump le cuesta cada vez más salir indemne de su trama y señala, mientras tanto, a Bill Clinton. Aún suena la caída de Andrew Mountbatten-Windsor, quien fue despojado de todos los títulos nobiliarios por su hermano, el rey Carlos de Inglaterra. La historia roza a Shakespeare: crimen, estafa, violación, abuso, muerte.
Tres
En los orígenes de este caso aparecen los primeros enigmas. Siendo muy joven, no queda claro porque Epstein comienza a dar clases de física y matemáticas en la Dalton School de Manhattan sin haber terminado su carrera en la New York University. De igual modo, no hay explicación de su contrato en Bears Stears, plataforma que le permite acceder a Wall Street: descubren que no está licenciado pero en lugar de despedirlo, al poco tiempo le convierten en socio. Es solo el comienzo de la pesadilla.
En esa época conoce a Steven Hoffenberg, con quien dará el gran salto. Hoffenberg era un inversor que se deslumbra con Epstein y le propone una sociedad. Juntos diseñan una versión del conocido esquema Ponzi, un fraude que promete altos intereses y atrae a clientes que no conocen las empresas en las que se invierte. Cuando implosionó el sistema, Epstein ya no estaba. Hoffenberg asegura que se largó con 450 millones de dólares y sin embargo no lo acusó de la autoría intelectual del plan ni de su gestión y cumplió veinte años de condena carcelaria. ¿Por qué? Solo se limitó a decir: “Jeffrey era el mejor estafador parado sobre dos pies; poseía talento, carisma, genio y cerebro criminal”.
Epstein compartía su tiempo, entonces, entre la sociedad con Hoffenberg y el magnate Leslei Wexner, dueño en esos años de Victoria’s Secret y fundador del grupo L Brands, a quien asesoraba. Wexner le llega a certificar un poder para que manejara sus asuntos financieros. No era poca cosa. Entre 1991 y 2006 Epstein manejó más de 1.300 millones en acciones de las empresas de Wexner. “Creí que podía confiar en él”, confiesa en una carta en la que rompe con Epstein cuando se conoce la demanda de Florida, inocua pero que revela públicamente la existencia del lado oscuro. Wexner jamás le acusó de nada. Es imposible saber con cuánto dinero suyo se quedó Epstein. Ni las razones del perdón por las molestias causadas.
En aquel tiempo, cuando ya su fortuna comienza a crecer desmesuradamente, se supone que conoce casualmente a quien será su pareja, Ghislaine Maxwell. Pero esto no será exactamente así, tal y como lo contaban por entonces las revistas Bazaar o Tatler.
Ghislaine había perdido a su padre, el magnate Robert Maxwell, en un confuso episodio en su yate, cerca de las Canarias. Maxwell, propietario de medios, laborista, miembro del Parlamento y vinculado a la inteligencia israelí, muere llevando a la quiebra a su imperio. La hija se instala en Nueva York en busca de un refugio y recupera con Epstein el infierno perdido. La periodista Rachel Cooke, de The New Statseman, lo describe así: “Tres semanas después del funeral de Maxwell fue fotografiada con el delincuente sexual Jeffrey Epstein, con la mirada fija en su rostro, como la del conductor de un coche rápido en el horizonte”.
Ghislaine Maxwell se convierte en la responsable de sus relaciones públicas ante la alta sociedad de las dos orillas del Atlántico y en Londres, le abre a Epstein la puerta de Buckingham y en palacio encuentra a Andrés Mountbatten-Windsor, que le sigue hasta el inframundo.
Cuatro
Juntos, Epstein y Maxwell, montan un entramado que ella gestionará y que consistió en otra versión del esquema Ponzi: en lugar de reunir inversores, reclutaban menores. Uno de los abogados de las víctimas cuenta que Maxwell dirigía un esquema piramidal en el que “formaba” chicas cuyo trabajo consistía en captar a otras jóvenes. Todas las víctimas afirman que, al comenzar a trabajar, se sentían tranquilas tanto por el comportamiento sereno de las demás mujeres como por la presencia de Maxwell. Después, sistemáticamente, eran sometidas en la residencia de Palm Beach o en la isla Little Sant James, a la que se accedía a través del avión privado de Epstein, el llamado “Lolita Express”.
Cuando, al fin, las víctimas consiguen llevarle a juicio en 2006 por una denuncia inicial de una menor, a través de un familiar, que había sido llevada la mansión de Palm Beach de Epstein, se inicia un proceso avalado por un informe del FBI pero todo acaba mal a pesar de los abrumadores testimonios, porque el fiscal Alexander Acosta llega a un acuerdo, a espaldas de las víctimas, por el cual Epstein solo debe cumplir una pena de un año en prisión y otro en libertad condicional. Consigue el tercer grado el mismo día que ingresa a prisión y fin de la historia. El fiscal Acosta, después nombrado secretario de Trabajo por Trump, debió renunciar a su cargo por su rol en este juicio.
¿Quién protegía a Epstein para llegar a este límite de impunidad?
Mientras cumplía su pena en la cárcel, el inversor Steven Hoffenberg, en 2002, tuvo una larga conversación con la periodista Vicky Ward que recién publicó en Rolling Stones dos décadas después. Cuenta Ward que Epstein trabajó para Douglas Leese, quien le formó para trasladar dinero al extranjero. Leese era un contratista de defensa británico vinculado al comercio de armas. A través de Leese, Epstein conoce a Robert Maxwell, padre de Ghislaine. Epstein, obvio, negó todo esto, pero años después se fue confirmando la información. Hoffenberg contó, entonces, que Epstein le había dicho que había trabajado en varios proyectos con Robert Maxwell y que le vinculó, entre otros, con líderes israelíes. Epstein, según las fuentes de Ward, poseía tal cantidad de grabaciones ocultas de personas influyentes que se había convertido en lo que se conoce como “agente durmiente”. Según John Le Carré, son aquellos espías a los que se puede activar en el momento en el que son necesarios. Todo esto no se puede demostrar pero Ward apunta que en 2008, para evitar la cárcel, Epstein pensaba mudarse a Israel. En sus últimos diez años de vida no dejaba de comentar entre periodistas que asesoraba a líderes como Vladimir Putin, dictadores africanos y políticos británicos, israelíes y, obvio, estadounidenses, agrega Ward en su informe.
Cinco
Cuando Ghislaine se encerró entre los brazos de Epstein al llegar a Nueva York, sabía de sobra que la estaban esperando gracias a la relación de Jeffrey con su padre. Pero después del escándalo de Palm Beach, Epstein descartó a la hija de Maxwell, con la imagen tan damnificada, por entonces, como la suya y comenzó a mostrarse sin su compañía. También cambió, de modo aparente, de hábitos. Además de emprender tareas propias de ONG, se hizo ver en la universidad. Nada menos que en Harvard.
Después de su salida de prisión, a través de grandes donaciones que le aceptaron más allá de ser un pedófilo confeso, fue nombrado profesor visitante a pesar de carecer por completo de las cualificaciones académicas adecuadas y se relacionó con el Programa de Dinámicas Evolutivas (PED, por sus siglas en inglés) de Harvard con una oficina en el campus. Según cuenta Naomi Oreskes, profesora de historia de la ciencia en Harvard, Epstein era un eugenista moderno cuyos intereses estaban ligados a la idea delirante de sembrar la raza humana con su propio ADN. Curiosamente, esto le hace contemporáneo de la visión de los tecnofeudales de Silicon Valley que acompañan a Trump.
Seis
Entre los objetos clasificados por las autoridades durante el allanamiento a la mansión de Epstein en Manhattan hay un retrato de Bill Clinton realizado por la artista Petrina Ryan-Kleid. El expresidente luce un sugerente vestido azul de mujer y zapatos de tacón rojo. La prenda, según indica el nombre de la obra, pertenece a Monica Lewinski.

El cuadro ocupaba una gran pared de uno de los salones del palacete. Ninguna visita podía evitar detenerse ante él. Un tráiler, sin duda, de la gran producción de secretos de Jeffrey.
El final, como es sabido, acaba en una celda. No tenía allí otra obra de arte de aquella casa, la escultura de la novia que huía y que podría haberle prestado la soga para escapar de la cárcel. No la necesitó: bastó con una sábana para ahorcarse. Del laberinto también se sale por arriba. Queda por ver qué tipo de fuga improvisarán los que ocupan sitios preferentes en la lista de amigos.