Desconectados, pero no tanto
¿Se puede desaparecer del mundo digital sin hacerlo también de la vida social? El mapa de una época que no sabe cómo desenchufarse de sí misma.
por Leonardo Gianzone
Mica tiene 31 años, estudia Ciencia Política en la UNR y vive sola en Rosario. En su celular —un Motorola E viejo, con tan poca memoria que apenas entran algunas aplicaciones— tiene lugar una guerra que lleva más de un año. La empezó en Twitter, cuando la red social se convirtió en una discusión sin fin entre desconocidos, y decidió borrarla. Pero la atención que le sacó a esa app la puso, casi sin darse cuenta, en Instagram: la red “de los conocidos”, que suponía más segura. A fines de 2025 se encontró scrolleando reels durante dos horas mientras demoraba prepararse la cena, atrasaba el sueño y convivía con un habitual dolor de cabeza. Un día se hizo una pregunta simple y filosa: ¿estaría dispuesta a “desaparecer” digitalmente si no tuviera Instagram? En enero de ese año, durante un viaje de vacaciones, hizo la prueba: borró la aplicación durante tres semanas.
Desde entonces la borró y la volvió a instalar unas veinte veces. No es una historia de superación lineal, ni un método con pasos. Es, dice ella, algo más parecido a un tira y afloje diario. Y en esa lucha cotidiana —entre el hartazgo y la necesidad, entre querer aburrirse y no poder evitar la pantalla— empieza a asomar una pregunta más grande: ¿es posible desconectarse del mundo digital sin desconectarse, también, de la propia vida?
1. El síntoma
Soy una persona de la Generación X, algo así como una generación “bisagra” a la que le tocó atravesar de primera mano la transición entre el mundo analógico y el digital. La tecnología, durante mi niñez y mi adolescencia, se limitaba a la televisión color, la música en discos de vinilo y casetes, el “walkman”, el minicomponente doble casetera para poder grabar música y las películas alquiladas en el videoclub del barrio. Algunos pocos podían darse el lujo de contar en su casa con alguna computadora personal que, en la mayoría de los casos, era usada para jugar. Las formas de comunicación entre seres humanos eran las de siempre: charla frente a frente o en grupo, las cartas enviadas o recibidas por correo postal y el teléfono… con cable y disco numerado para llamar. Nada sabíamos de internet, de correos electrónicos, de páginas web, de redes sociales o de WhatsApp y de mensajes por celular.
Cuando el acceso a internet y el e-mail comenzaron a popularizarse -allá por finales de siglo XX-, era caro, lento y accesible sólo desde “la computadora” que hubiera en la casa. Hoy todo eso cambió radicalmente. Internet no es gratis, pero está al alcance de la mano y “en la mano” de casi todos y todas. Es mucho más rápida y está disponible 24 hs durante todos los días, aún con el “smartphone” más básico.
En este contexto, la comunicación entre seres humanos cambió radicalmente y a un costo mucho menor que el de aquellos años de mi infancia y mi adolescencia. Reflexiono un poco y me pregunto: ¿A un costo mucho menor? Quizás en términos económicos -siempre relativos- hoy sea mucho más barato conectarse a internet, pero ¿es ese el único costo que pagamos por “vivir conectados”? No tengo dudas de que no es así y hoy sabemos que los costos que “pagamos” por la hiperconexión, son mucho más altos que los pesos que nos debitan de nuestro homebanking o de nuestra billetera virtual.

Alteraciones del sueño, dolor cervical por la postura de mirar hacia abajo, sedentarismo asociado al tiempo de scroll, dificultad para sostener la atención, procrastinación, sensación de embotamiento mental (“Brain rot”), comparación social y deterioro de la autoimagen, irritabilidad o ansiedad al no tener el celular a mano, aislamiento social, revisión compulsiva del celular sin motivo concreto, miedo a quedarse fuera o perderse algo que está ocurriendo (“FOMO: fear of missing out”), son el precio que pagamos por vivir conectados permanentemente. Y lo pagamos con el cuerpo y la salud, ya no con dinero que no tocamos y que está disponible en una billetera virtual.
2. El costo que pagamos. Lo que dicen la ciencia y las instituciones
Según el informe Kids Online Argentina 2025, elaborado por UNICEF y UNESCO, el 95% de los chicos y chicas ya posee un celular con acceso a Internet, y en promedio obtiene su primer dispositivo a los 9,6 años. El problema, sin embargo, no es el tiempo total frente a la pantalla, sino el patrón de uso compulsivo o adictivo que las propias plataformas generan desde su diseño mismo. Hoy nos encontramos con términos muy concretos y específicos, utilizados sobre todo por los adultos jóvenes para referirse a la sobreexposición a las pantallas: “demencia digital”, “zombie scrolling” y “doom scrolling”, son formas de describir un consumo compulsivo de contenido digital y que transmiten la incapacidad de abandonar el dispositivo, la angustia por no usarlo, o usarlo para escapar de problemas.
Esta dependencia emocional hacia el uso de pantallas y de redes sociales puede desencadenar síntomas depresivos, especialmente en jóvenes adultos, con niveles más altos de depresión y aislamiento social asociados a más tiempo en redes.
En la vida cotidiana adulta, donde mucha parte de nuestro tiempo se dedica al trabajo y donde el rendimiento es la escala con la que se mide la productividad que se nos exige como “seres socialmente aceptables”, el uso constante de pantallas puede disminuir esta productividad y aumentar la fatiga mental.
Nada de esto es casualidad. Existe una intención pensada y diseñada conscientemente en este sentido: se llama “economía de la atención” y no es otra cosa que estrategias comerciales de grandes corporaciones buscando atraparnos en sus aplicaciones la mayor cantidad de tiempo posible. Allá por el año 2017, durante una conferencia con inversores por resultados del primer trimestre, a Reed Hastings -CEO de Netflix en ese momento-, le preguntaron si le preocupaba la competencia de otras plataformas de streaming. Su respuesta fue rotunda y clara: “Cuando mirás contenido en Netflix y te enganchás, te acostás tarde a la noche. Estamos compitiendo con el sueño. Y eso es una enorme cantidad de tiempo.”
3. La tendencia: entre el hartazgo y la falta de método
Mica es millennial. Pertenece a la Generación Y. Vivió su adolescencia durante la explosión de internet, el messenger, las primeras redes sociales (Facebook, luego Twitter/Instagram) y el paso del celular con botones al smartphone. También es parte de la generación que más activamente adoptó las redes sociales y también la que hoy protagoniza buena parte del fenómeno del “burnout digital” y es la que dice “me crié sin esto, pero ahora no puedo vivir sin esto”.
Lo que le pasa a Mica no es un capricho ni es falta de voluntad. Parece que este patrón, que atraviesa hoy a todas las generaciones, se ha transformado en la norma. En Argentina, y en gran parte del mundo, crece un fenómeno que suma cada vez más seguidores: la “desintoxicación digital” que, de la mano de los “dumbphones” -celulares tontos o básicos, sin redes ni navegador-, intenta desacelerar, volver a conectar con la parte presencial de la vida y alejarse todo lo que sea posible del celular. Esta tendencia, que crece sobre todo entre los usuarios y usuarias de 18 a 35 años, busca bajar un cambio pero sin desaparecer del todo.
Pareciera que la fascinación inicial que generan las pantallas, los celulares, las redes sociales y las miles de formas en la que las aplicaciones buscan quedarse con nuestra atención, va dando lugar a un rechazo y a un hartazgo. Toma la forma de esta necesidad de distanciarse, frenar los tiempos frenéticos en los que convivimos y volver a concentrarse en actividades que nos recuerdan que seguimos siendo humanos: cocinar, leer un libro, descansar y dormir sin ese “stress mental” que provoca tantas horas de pantalla. Reunirse con afectos, conversar, volver a usar la voz en lugar de un teclado. Alejarnos del “falso descanso” que nos ofrece el celular para reencontrarnos con tiempos vacíos y volver a descubrir como aprovecharlos. Aburrirnos para volver a ser creativos.
Los motivos por los cuales cada vez más mujeres y hombres van sumándose a este “detox digital” son diversos. Para Mica fue el malestar físico -dolor de cabeza- por tanto uso de pantallas y la conciencia del tiempo que perdía scrolleando en Instagram.
4. Por qué no se puede del todo
La decisión de desconectarse o desintoxicarse de las pantallas no es sencilla. Hoy gran parte de nuestro devenir cotidiano está mediado por nuestro teléfono celular y, en la mayoría de los casos, lograr esta desintoxicación conlleva un esfuerzo y un autocontrol que requiere tiempo, idas y vueltas y, sobre todo, un rediseño de nuestro modo de vida y de relación.
Para Mica este momento llegó de la mano de una pregunta: ¿Estaba dispuesta a “desaparecer” digitalmente si no tuviera Instagram? Esto implicaba muchas cosas. Por un lado, asumir y tomar conciencia de que subestimaba el uso recreativo que hacía de esta red social; una forma de creer que ella no dependía de su teléfono o de sus redes sociales. Por el otro, en el plano vincular con amistades y familias, tuvo que superar el hecho de no estar todos los días “informada”: no saber qué estuvieron haciendo, ni a dónde fueron, ni con quienes se juntaron. Incluso reconoce que cambiaron sus vínculos sexo-afectivos al no formar parte de las redes sociales. No formar parte de ese “mapa digital” es considerado como una no disponibilidad sexo-afectiva.
Pero además de estas cuestiones que tienen que ver con lo estrictamente personal, hoy el celular es el único medio posible para realizar ciertas actividades. Desde sacar un turno médico o acompañar una receta digital para comprar un medicamento, realizar un trámite para solicitar o dar de baja un servicio o incluso pagar una compra en el supermercado, cada vez son más las gestiones que sólo pueden realizarse digitalmente y, en la mayoría de los casos, utilizando el celular.
Ante esta ineludible realidad, esta tendencia a la desintoxicación digital ha encontrado algunas variaciones no tan drásticas y extremas como desaparecer por completo del ecosistema digital. Así nació el “celular de fin de semana”, una suerte de detox parcial que se activa sólo sábados y domingos y se apaga el lunes, cuando el trabajo y los trámites vuelven a exigir el smartphone.
Que ninguna de estas búsquedas personales termine en una desconexión completa no es casualidad, según el periodista y ensayista Juan Ruocco. En un texto publicado en enero de 2025, plantea que la meta no puede ser eliminar la tecnología -algo que considera imposible y hasta indeseable- sino recuperar algo más simple y a la vez más difícil: la capacidad de decidir conscientemente cuándo exponerse a ella y cuándo no. Lo llama “soberanía cognitiva”. Ahí, dice, está la salida real: no en borrar una app para siempre, sino en la posibilidad -cada vez más escasa- de elegir.
El problema es que esa capacidad de elegir choca todo el tiempo con algo mucho más terco que la voluntad individual. El diseño intencional y premeditado de estas aplicaciones para mantenernos conectados y maximizar el tiempo que dedicamos a un “scroll infinito” conspira contra las decisiones individuales de alejarnos o de mantener ciertos espacios de “libertad” propios que no sean mediados por tecnologías, pantallas o “likes”. Si las corporaciones de la economía de la atención siguen avanzando en conquistar nuestro espacio de sueño y de descanso, echando mano a algoritmos cada vez más sofisticados para atraparnos y si lo hacen sin el más mínimo límite o control regulatorio o estatal, la lucha es desigual. Estamos claramente en inferioridad de condiciones.
5. Modo avión, a medias
En algún momento de la entrevista, Mica me cuenta: “Debo haber eliminado y vuelto a descargar Instagram al menos 20 veces en lo que va del año. Por momentos lo elimino, paso 10 días sin Instagram y quizás sí quiero poder compartir alguna foto personal o destinar un rato al ocio de los reels, pero ahí es cuando elijo descargarlo, lo uso y al terminar, lo elimino de nuevo”. Esta batalla que libra contra sí misma para desintoxicarse del uso de su celular es diaria, cotidiana, permanente. Va y viene según sus estados de ánimo, su tiempo de ocio y de que encuentre formas de no aburrirse. Tampoco es una lucha interna. En el medio ha tenido y tiene que ir acostumbrando a sus entornos socioafectivos a su decisión y a su “nueva forma de vida”: “Me la paso aclarando el número de depto en que vivo y que mi timbre suena, pero nadie lo toca, esperan que mire el mensaje de celular. (…) si no tocan el timbre de mi casa tendrán que llamarme, porque no quiero estar revisando 15 veces antes el celular y enviar “bajo” cada vez que eso pase, jaja”.
¿Es posible, realmente, desaparecer digitalmente? ¿Hay chances concretas de vivir absolutamente por fuera del mundo digital?
La tecnología, por sí sola y en sí misma, no es mala, pero tampoco es neutra. Grandes corporaciones con muchísimos recursos la utilizan con un sinfín de finalidades. La principal: ganar dinero. Eliminar la tecnología es, en este mundo caóticamente moderno, imposible. Y hasta tiene cierto sentido: hoy podemos resolver más rápido y de manera más eficaz una gran cantidad de situaciones que nos permiten ahorrar tiempo que, bien utilizado, podría servirnos para dedicarnos a las cosas que nos gustan por fuera de nuestro trabajo, de nuestro estudio o de nuestras actividades rutinarias.
Cuento con la ventaja, como parte de la Generación X, de haber vivido mucho tiempo sin computadora, sin teléfono celular, sin tanta tecnología. Recuerdo y aprendí formas de entretenerme y de llenar el tiempo vacío. Sigo leyendo y prefiriendo los libros en papel, con su tapa y contratapa y con un marcador que me recuerda la página en la que debo retomar cuando dejo de leer. Me resisto al e-book, pero soy consciente de que no sé si podré sostener esta rebeldía mucho tiempo más. También terminé adoptando la tecnología y la hiperconexión, y también me sumerjo seguido en redes sociales y reconozco que ahí mi condición de rebelde casi desaparece.
Quizás “desconectarse para siempre”, con el esfuerzo que implica, no sea una solución. Quizás sólo debamos escaparnos de a ratos -ir y venir, como Mica-, luchando por recuperar la capacidad de decidir cuándo queremos exponernos a la información y cuándo no. Construirnos, como propone Ruocco, una “soberanía cognitiva”. No buscar una desconexión total, sino tomar una decisión consciente y asumirla: apagar el teléfono, dejarlo en modo avión de a ratos, cambiar a un celular más viejo, más básico o con menos funciones. Caminar, cocinar, hacer jardinería, leer, escribir a mano, andar en bici. No quedarnos únicamente en quitarle tiempo a la pantalla, sino llenarlo con algo que reconecte con el cuerpo y con hacer, no solo con consumir. Volver a construir “espacios autónomos”, aunque sean temporales, tomando la idea que el escritor anarquista Hakim Bey usaba para nombrar esos paréntesis de libertad que se escapan, por un rato, del control del Estado o del mercado, como si fueran cuñas en el tiempo donde el control del algoritmo y del mercado se retira por un rato.
Cuando cerré la entrevista con Mica le pregunté: “Si tuvieras que resumir en una frase qué es lo que más te devolvió desconectarte un poco, ¿cuál sería?”. La respuesta a esta pregunta resolvió también otra: si estaba dispuesta a desaparecer digitalmente. “Dejar de usar tanto las redes sociales me devolvió consciencia sobre mi tiempo. Se siente como volver a recuperar un poquito de autonomía, entendiendo que soy capaz de moverme dentro de las lógicas del mundo digital de igual manera”, dijo.
Quizás la solución a este sentirse atrapado en lógicas algorítmicas, economía de la atención, reels y scrolls infinitos sea esa: volver a tomar conciencia de uno mismo y del tiempo, encontrar esos espacios de libertad en los que somos nosotros quienes elegimos qué hacer y sostenerlos, sesión por sesión, gesto por gesto.