A los 56 años, Gustavo -abogado rosarino y padre de dos hijos- estaba cansado de empezar dietas que nunca lograba sostener. Había pasado por decenas de intentos de bajar de peso y sentía que el problema ya no era solamente la comida. La ansiedad ocupaba demasiado espacio en su rutina. Un episodio de presión alta, molestias en las rodillas y el desgaste acumulado de los años lo llevaron a consultar distintos especialistas. En uno de sus encuentros semanales con amigos, apareció por primera vez una palabra que todavía no era tan conocida como lo es hoy: semaglutida.
La semaglutida es un medicamento desarrollado originalmente para el tratamiento de la diabetes tipo 2 que, en los últimos años, ganó popularidad por uno de sus efectos secundarios, el descenso de peso. Comercializada nacionalmente por el laboratorio Elea, actúa sobre mecanismos relacionados con la saciedad y el metabolismo, por lo que hoy también se utiliza en el tratamiento de la obesidad.

Antes de tomar una decisión, Gustavo consultó a un cardiólogo, un traumatólogo y un médico clínico. Los tres profesionales le recomendaron averiguar más y eso lo llevó al consultorio de Mario, su endocrinólogo.
—Yo no iba a probar un método más. Yo iba a probar la inyección —recuerda.
Comenzó el tratamiento en 2024. Durante cuatro meses recibió una aplicación semanal mientras incorporaba actividad física y modificaba algunos hábitos alimenticios. En ese período pasó de pesar 110 kg a 95 kg. Lo que más lo sorprendió no fue el descenso de peso, sino la desaparición de una sensación que lo había acompañado durante años. “Antes estaba pensando permanentemente en comer. Con esto me pasaba que tomaba un café a la mañana y a las tres de la tarde me daba cuenta de que todavía no había almorzado”, confesó.
La sensación que describe Gustavo aparece una y otra vez en los relatos de quienes utilizan semaglutida.
María Eugenia, una rosarina de 50 años, recuerda algo parecido. Durante gran parte de su vida convivió con problemas de sobrepeso. Había probado distintos tratamientos, consultado especialistas y atravesado períodos en los que lograba bajar algunos kilos para luego volver a recuperarlos. Conoció la medicación a través de su marido, que ya estaba realizando el tratamiento. Poco tiempo después decidió comenzar ella también. Hasta hoy asegura haber perdido 22 kilos en tan solo seis meses.
Aunque sus historias son distintas, ambos coinciden en un punto: describen una relación diferente con la comida desde que comenzaron a utilizar semaglutida. Esa experiencia es justamente una de las características que los especialistas utilizan para explicar cómo funciona el medicamento.
La semaglutida pertenece a un grupo de fármacos conocidos como agonistas del receptor GLP-1. El GLP-1 es una hormona que el organismo libera naturalmente en el intestino después de comer y que participa en la regulación de la glucosa y de la sensación de saciedad. “La molécula normal dura aproximadamente media hora. Lo que hicieron fue producir una versión con una vida media de una semana”, explicó María Susana Olguín, endocrinóloga rosarina, matrícula 14489.

Fuente: Fundación redGDPS. Agonistas del receptor de GLP-1 en la diabetes tipo 2. Madrid, 2018.
Esa modificación permite que una única aplicación semanal mantenga sus efectos durante varios días. Según detalló la especialista, el medicamento actúa sobre distintos mecanismos del organismo al mismo tiempo. Por un lado, retrasa el vaciamiento gástrico, haciendo que la sensación de saciedad se prolongue después de las comidas. Por otro lado, interviene sobre el páncreas ayudando a regular los niveles de glucosa en sangre. Pero su acción no termina allí. “Actúa sobre los centros de saciedad, sobre el hipotálamo, y hacen que uno disminuya el picoteo, el craving y el hambre”, explicó Olguín.
Esa descripción médica encuentra su correlato en los testimonios de los pacientes. Tanto Gustavo como María Eugenia relataron haber experimentado una reducción en la necesidad constante de comer entre ingestas y una menor preocupación cotidiana por la comida.
Sin embargo, la acción de la semaglutida sobre el organismo no parece limitarse únicamente a mecanismos físicos relacionados con el hambre o el metabolismo. Algunos especialistas sostienen que parte de sus efectos también podrían estar vinculados con procesos neurológicos más complejos. La investigadora del Conicet Bettina Bongiovanni explicó que distintos estudios comenzaron a observar una disminución de lo que se conoce como “ruido alimentario”, una necesidad persistente de comer por placer o una preocupación constante por la comida. “Es ese picoteo, estoy llena y como igual”, señaló. Según indicó, el medicamento actuaría también “a nivel de sistema nervioso central sobre receptores que hay ahí” y podría intervenir sobre mecanismos cerebrales vinculados con el sistema de recompensa y el placer, reduciendo esa necesidad constante de buscar alimento aun cuando el organismo ya se encuentra saciado.
Esa modificación en la relación con la comida también aparece en los relatos de pacientes que describen una menor preocupación diaria por comer o una disminución de la ansiedad vinculada a la alimentación. No obstante, desde la salud mental, algunos especialistas advierten que los efectos psicológicos alrededor del tratamiento pueden ser más complejos. Carina Spelta, psiquiatra rosarina (matrícula 11729), señaló que “muchas personas llegan a creer que si logran algún peso determinado se van a sentir más seguras, más queridas, más exitosas, más felices”, aunque aclaró que “los conflictos relacionados con la autoestima, la aceptación personal y la necesidad de aprobación externa no se suelen resolver únicamente modificando el cuerpo”. En ese sentido, la preocupación no se centra exclusivamente en el medicamento, sino también en las expectativas que pueden construirse alrededor de sus resultados.
La advertencia adquiere especial relevancia en un contexto local donde la relación con la imagen corporal ya representa una problemática creciente. Argentina ocupa el segundo lugar a nivel mundial en prevalencia de trastornos de la conducta alimentaria (TCA), según el relevamiento internacional impulsado por Mervat Nasser, especialista en investigación en temas de salud y desarrollo del Instituto de Psiquiatría del King ‘s College, en Londres. Para los profesionales, la expansión de tratamientos que prometen resultados rápidos podría potenciar tensiones que ya existen alrededor del cuerpo y la apariencia. La psiquiatra advirtió que, en algunos casos, “cuando se logra algún objetivo, la satisfacción a veces es muy transitoria. Se alcanza una meta y aparece luego otra”, y remarcó que “adelgazar y reconciliarse con el propio cuerpo son procesos diferentes”. Pero, mientras los testimonios de los pacientes y los estudios clínicos destacan los beneficios de la semaglutida, la popularización de su consumo expone una frontera cada vez más difusa entre los tratamientos de salud y las intervenciones destinadas a mejorar la apariencia física.
La preocupación no está centrada únicamente en el medicamento, sino en la forma en que empezó a incorporarse al mercado y a la vida cotidiana de miles de personas. “El problema es que se está vendiendo sin receta en farmacias, hay un abuso de este medicamento en gente que realmente no lo necesita. Lo que necesita es hacer un poco de cambio de hábito, ejercicio físico, y no ponerse semaglutida”, advirtió la investigadora Bongiovanni.
Para ella, el fenómeno se explica por la búsqueda de resultados rápidos en personas que muchas veces no presentan obesidad ni patologías asociadas, sino simplemente el deseo de perder algunos kilos. En los consultorios, la situación también se repite. “Hay gente que capaz no tiene obesidad y no tiene las condiciones nombradas antes y que sin embargo se está aplicando”, señaló la endocrinóloga Olguín, quien además advirtió que el uso indebido puede generar temor en pacientes que sí necesitan el tratamiento.
El endocrinólogo rosarino Rodrigo López (matrícula 24897) recordó el caso de una paciente que comenzó el tratamiento con 74 kilos y que, tras tres meses de aplicación, había descendido hasta los 59. Sin embargo, lejos de conformarse con el resultado, la mujer manifestaba su intención de seguir bajando hasta los 56 kilos, porque ese era su “peso histórico”. Para el profesional, ese tipo de situaciones refleja uno de los principales desafíos que plantea la expansión de la semaglutida. “Ahí dejó de ser salud y es estético”, explicó.
La facilidad para acceder al medicamento alimenta parte de estas preocupaciones. Aunque muchos farmacéuticos optan por exigir una indicación médica, desde el sector reconocen que, en la práctica, muchas ventas se realizan sin la obligatoriedad de una receta.
A medida que la demanda creció, también comenzaron a aparecer dificultades para conseguir algunas presentaciones. La farmaceútica Carina Romero (matrícula 3176) señaló faltantes recurrentes de determinadas dosis y concentraciones. “La de 0,5 está en falta y la de 1 también estuvo en falta, ahora entró”, explicó una de ellas. La situación se produce en un contexto de expansión constante del mercado. Según datos aportados por fuentes de Elea, actualmente el laboratorio comercializa alrededor de 150.000 unidades mensuales de semaglutida en el país. Está cifra contempla tanto las presentaciones destinadas al tratamiento de la diabetes (Dutide) como las indicadas para la obesidad (Obetide).
Sin embargo, la disponibilidad no es el único obstáculo. El acceso al tratamiento también está condicionado por su costo, ya que la cobertura por parte de obras sociales y prepagas continúa siendo limitada. Según explicó Romero, “las obras sociales todavía no lo incluyeron en la cartilla”, por lo que gran parte de los usuarios debe afrontar el gasto de manera particular. El precio representa una de las principales barreras para sostener el tratamiento. De acuerdo con la farmacéutica, “la marca nacional de Elea está entre 150 mil pesos, más o menos. Y el Ozempic, la marca importada, más de 300”, valores que corresponden a un esquema mensual de medicación.
La cobertura suele concentrarse en casos específicos. Romero explicó que algunas obras sociales reconocen el tratamiento para pacientes con diabetes que ya atravesaron otras alternativas terapéuticas sin lograr un adecuado control de la enfermedad. En el caso de la obesidad, la inclusión es más acotada y depende de cada prestador. Según detalló, “PAMI, por ejemplo, lo incluye con el 40% y otras pocas también lo incluyen. Pero no en los casos de aquellos que quieren bajar 5 o 7 kilos”.
Ante estas limitaciones, existen algunos mecanismos destinados a reducir el costo del tratamiento. Fuentes de Elea señalaron que funciona un programa denominado “Recetario Solidario”, que otorga descuentos sobre el medicamento y que, en algunos casos, puede complementarse con beneficios adicionales ofrecidos por determinadas farmacias. En este contexto, el costo mensual del tratamiento y las restricciones en la cobertura generan una situación paradójica: mientras la obesidad es considerada por los especialistas una enfermedad crónica que requiere un abordaje sostenido, el acceso a una de las terapias más demandadas continúa dependiendo, en gran medida, de la capacidad económica de cada paciente.
No obstante, para los especialistas, el desafío no pasa únicamente por controlar quién accede al medicamento, sino también por moderar las expectativas que se construyen a su alrededor. “No es una medicación de uso cosmético”, remarcó Olguín. La endocrinóloga insistió en que la obesidad debe abordarse como una enfermedad crónica y que la semaglutida funciona como una herramienta dentro de una estrategia más amplia que incluye alimentación saludable, actividad física y seguimiento profesional. “No es mágica”, coincidió López. Detrás de los resultados que muestran muchos pacientes, los profesionales observan el riesgo de que el éxito comercial del fármaco termine instalando la idea de que cualquier persona puede alcanzar un peso deseado simplemente a través de una inyección semanal.
A su vez, al ser un medicamento nuevo que muestra resultados aparentemente positivos en los tratamientos de diabetes y obesidad, todavía no existen seguimientos suficientemente largos como para conocer con certeza qué efectos podría generar tras años de uso continuado. “No podemos saber qué va a pasar dentro de diez años”, explicó Bettina Bongiovanni. La investigadora recordó que todos los medicamentos atraviesan estudios preclínicos y clínicos antes de salir al mercado, pero aclaró que esas pruebas se realizan durante períodos limitados y sobre muestras relativamente reducidas. Según explicó, muchos efectos desfavorables poco frecuentes pueden no aparecer durante los ensayos iniciales y recién detectarse cuando el medicamento comienza a ser utilizado por miles o millones de personas. “Una vez que vos lo largás al mercado, pueden aparecer efectos adversos que no se vieron en el estudio clínico fase 1 o fase 2”, señaló. Por ese motivo, remarcó que la semaglutida, al igual que cualquier otro fármaco nuevo, continúa bajo observación permanente.
Ese seguimiento posterior se realiza a través de un sistema conocido como farmacovigilancia. “Actualmente existe un proceso del cual se ocupan tanto los médicos que recetan estas drogas como los farmacéuticos para informar efectos adversos que no se vieron o que no están reportados”, explicó Bongiovanni. Y agregó: “Todas las drogas siempre están en revisión”. Para la especialista, la discusión no pasa por afirmar que la semaglutida sea peligrosa, sino por reconocer que todavía se está construyendo evidencia sobre algunos de sus efectos a largo plazo, especialmente ahora que su consumo se multiplicó y comenzó a extenderse mucho más allá de los pacientes para los que fue pensada originalmente. Mientras el medicamento gana popularidad y miles de personas recurren a él para perder peso, la principal certeza que ofrecen los especialistas es que muchas de las respuestas definitivas todavía están por escribirse.
La historia de Gustavo, la de María Eugenia y la de miles de personas que comenzaron a utilizar semaglutida en los últimos años muestran que algo cambió en la forma de abordar la obesidad. Los testimonios de pacientes y las observaciones clínicas coinciden en un punto: muchas personas describen no solo una pérdida de peso significativa, sino también una relación distinta con el hambre, la ansiedad y hábitos alimentarios que durante años habían resultado difíciles de modificar. Los resultados observados ayudan a explicar por qué estos medicamentos se transformaron en uno de los tratamientos más demandados de los últimos años.
Sin embargo, la expansión de su uso abrió interrogantes que exceden los números de la balanza. La facilidad de acceso al medicamento, su utilización sin controles médicos adecuados, el uso en personas que no presentan indicaciones clínicas claras y la construcción de expectativas cada vez mayores alrededor de sus resultados comenzaron a desplazar parte de la discusión hacia otros terrenos. Mientras algunos pacientes lo incorporan como una herramienta terapéutica, otros lo utilizan como una vía rápida para alcanzar objetivos personales o estéticos, en algunos casos prolongando tratamientos o retomándolos sin supervisión profesional.
La discusión alrededor de la semaglutida ya no pasa únicamente por cuánto peso puede hacer perder, sino por los límites de su utilización. Su popularización expone una frontera cada vez más difusa entre un tratamiento pensado para mejorar la salud y un recurso que empieza a ocupar otros espacios dentro de la vida cotidiana. Mientras la evidencia científica continúa construyéndose y la farmacovigilancia sigue observando sus efectos a largo plazo, la principal pregunta parece desplazarse hacia otro lugar: no solamente quiénes pueden acceder a la medicación, sino cómo, por qué y hasta dónde debería utilizarse.