Mentime que me gusta: una reivindicación de la hipocresía democrática contra la violenta sinceridad
Gastón Souroujon cambia otra vez la conversación. Se mete con la idea de incorrección política y la diferencia entre el discurso público y el privado.
Gastón Souroujon
En los últimos años hemos sido testigos del éxito de líderes políticos que parecen exhibir con orgullo la coprolalia propia de una suerte de síndrome de Tourette. Desde Donald Trump, que calificó a algunos países africanos como países de mierda, hasta Jair Bolsonaro, que instó a los brasileños a dejar de ser un país de maricas y no temer al COVID-19. Sin embargo, es Argentina la que tiene el honor de tener al Maradona de las groserías (me parece que soy de la quinta que vio el Mundial 86), con su hit, la metáfora rabelesiana que sonroja a Gargantúa y a Pantagruel: “el Estado es el pedófilo en el jardín de infantes con los nenes encadenados y bañados en vaselina” (la idea que te has perdido, Tinto Brass). Según un estudio del Foro de Periodismo Argentino (Fopea), hasta enero de 2026 el 15,2 % de los posteos en X de nuestro presidente son insultos, entre los que se encuentra un menú variado que usted y yo ya conocemos.

Este tipo de comportamiento no es azaroso, sino que hunde sus raíces en la legitimidad que en los últimos lustros ostenta la incorrección política como forma virtuosa de actuar en público. La misma deviene en la valoración de una performance sincera y auténtica por parte de los líderes, por la cual las mediaciones, las formalidades y los filtros son desechados por ser consideradas expresiones de los intereses de la casta, pérdida de tiempo, egoísmo y… redoble de tambores: hipocresía. Como lo expresó con sutileza en 2019 Javier Milei: “Metete lo políticamente correcto en el orto… Hemos hecho tanto culto de las formas y así estamos… las formas es el lenguaje de los mediocres porque no pueden aceptar el contenido”. Así, con la excusa de quitarse las máscaras que signaban la vieja política, estos líderes se jactan del coraje de decir en público lo que piensan en privado, más aún, de explicitar lo que la ciudadanía siente y no se anima a decir. Como resultado, posiciones que antes suscitaban vergüenza y condena moral salen a la luz con un costo cada vez menor.
Así, en un mundo donde se nos incita a vivir experiencias auténticas (“Conozca el auténtico Río de Janeiro, duerma en la favela da Rocinha”) y a mostrar nuestros pensamientos más profundos y auténticos (“No se autocensure, llame a una mujer transexual con el pronombre él”), aquí me propongo defender lo crucial que es la hipocresía para la convivencia democrática, la necesidad de que los políticos sean hipócritas y, en consecuencia, que nosotros, los ciudadanos, también lo seamos.
Antes de meter la mano en la masa, limpiemos la mesada. Cuando hablo de la hipocresía del político, no me refiero a aquellos que sólo entran en la actividad para saciar sus intereses y vicios privados, ya sea con un paseo en un yate en Marbella junto a una Mata Hari sacada de una película de Torrente, o una cascada en una casa nueva (deberíamos condenarlos más por tilingos que por corruptos). Tampoco me refiero al ejemplo más ilustrativo, aquel que llegó a la presidencia sólo para luego comportarse como un Fredo Corleone (sin siquiera tener el valor de traicionar). Quizás el gran problema de este país es que hace tiempo nos gobiernan los Fredos y los Sonnys y no hemos encontrado aún un Michael.
Fueron los seguidores del hijo de un dios quienes enhebraron las capas de significación del actuar hipócrita que aún perduran. Hipócrita es el que actúa de forma piadosa por motivos egoístas (por eso la necesidad de que las manos se desconozcan entre sí), el que acusa a otros de pecados que él mismo comete (que la pobre adúltera deje de recibir la primera piedra de una vez) y el que acata las normas con tanto celo que ignora las razones sustantivas del accionar: “Hipócritas, ¿no desata cada uno de vosotros su buey o su asno del pesebre en día de reposo y lo lleva a beber?”
Sin embargo, desde el Renacimiento en adelante, surge una tradición de pensadores que podríamos denominar prestidigitadores de las virtudes, entre los que destacan Maquiavelo (no estaba muerto, estaba de parranda), La Rochefoucauld y Bernard Mandeville, que aciertan al descubrir dos cosas: en primer lugar, que el espacio privado y el espacio público se rigen por lógicas virtuosas diferentes. De modo que las virtudes destacadas en el espacio privado, como ser generoso o cumplir la palabra empeñada, en el espacio público pueden generar consecuencias desastrosas. En segundo lugar, que más allá del papel beneficioso que cumplen estos vicios, estos no pueden mostrar su cara desnuda; allí aparece la hipocresía como un vicio de segundo orden, que permite que los otros vicios se escondan. Es la cualidad que caracteriza al diablo según el jardinero de las flores del mal: el fingimiento de no ser. Pero si la hipocresía puede actuar como un vicio de segundo orden, es porque ese entramado moral aún importa, como condensa en su máxima La Rochefoucauld: La hipocresía es el tributo que el vicio rinde a la virtud. Las sociedades no pueden reproducirse sin por lo menos el fingimiento de respetar ese entramado moral. Cuando ya no se fingen razones para ocultar violaciones, cuando Estados Unidos ya no necesita fingir una supuesta defensa de la democracia para invadir un país, entramos en un escenario peligroso. Por eso: Tell me lies, tell me sweet little lies.
Las expresiones menos controvertidas del comportamiento hipócrita ya han sido señaladas por pensadores como Irving Goffman y Jeffrey Alexander, quienes demostraron cómo nuestro accionar en el espacio público constituye la performance de un rol, una puesta en escena, que, entre otras cosas, brinda predictibilidad a las interacciones impersonales. Gracias a este rol que oculta las subjetividades más profundas, sabemos a qué atenernos cuando interactuamos con un policía, un dentista e incluso un abogado. En estas relaciones no es necesario que se exprese la orientación sexual, política o religiosa de estos actores, deberían permanecer ocultos los prejuicios y creencias que no hagan a ese rol. Esta forma de hipocresía en el espacio público también permite un elemento esencial de nuestras democracias liberales: que nuestros secretos más indecorosos y nuestras prácticas particulares más íntimas queden al resguardo de la luz pública. Everybody’s Got Something to Hide Except Me and My Monkey. En mi caso confieso, ya que estamos en confianza, que lagrimeo con las comedias románticas de Hugh Grant, pero por favor que quede entre nosotros.
La tolerancia, uno de los valores claves de nuestras democracias liberales, también es subsidiaria de la hipocresía; nuestras sociedades no se pueden reproducir con actores que estimen más la expresión de su autenticidad que el entramado moral que la hipocresía pretende emular. No puede reproducirse con actores que den mayor prioridad a la manifestación de sus prejuicios, por ser un desprendimiento de su sinceridad, que al respeto hacia los demás. Antes de convivir con sujetos que consideran que para ser fiel a sus convicciones deben repudiar a los homosexuales, a los que hablan comiéndose las eses o a los tienen supersticiones minoritarias, dame conciudadanos hipócritas. Como sugiere Nadia Urbinati en su libro “L’ipocrisia virtuosa”: irónicamente, la hipocresía, al tener en cuenta cómo nuestros comportamientos afectan a los demás, termina siendo una opción más altruista, más abierta al otro, al enmascarar nuestra faz más áspera. Vista su mona de seda y compruebe el resultado, cantaba mi primo el Nano. Y quizás, con el tiempo, con el advenimiento de nuevas generaciones, por caminos extraños y secundarios, lo que comenzó como impostura se interiorice, pues como decía el gran George Costanza It’s not a lie if you believe it. La pura autenticidad, en cambio, es un comportamiento mezquino no apto para convivir en una sociedad plural, recuerden cuán despiadadas nos parecen ciertas frases de la película The Invention of Lying, que, sin spoilear, transcurre en una comunidad donde la mentira no existe.
Ahora sí, lo que han venido a buscar. La arena política en las democracias liberales es un espacio plural, conflictivo, atravesado por luchas de poder; en este terreno, aquellos políticos que quieran plasmar su particular idea de bien común (recordemos que hemos dejado a los Fredo Corleone entre paréntesis) deben articular intereses opuestos, actuar como un Zelig que va cambiando su apariencia según el foro al que se dirija, acordar con aliados que íntimamente le desagradan a los que sabe que traicionará en el futuro y desdecirse de las promesas realizadas a sus votantes. Conductas que no obedecen a una perversión intrínseca de aquellos que se meten en política, sino que responden a la misma naturaleza de la actividad, sea esta nacional, municipal, gremial o universitaria (Pero no, mejor…). El político, tal como Max Weber lo advirtió, tiene una responsabilidad por las consecuencias de sus actos que debe trascender sus propias convicciones. Quien se mete en este juego, deja de lado el interés por la salvación de su alma.
Y aquí nos encontramos con una de las aporías más inquietantes: como ciudadanos elegimos a políticos para que lleven a cabo nuestros intereses en un terreno que reconocemos como luciferino, conflictivo; el político tendrá más posibilidades de alcanzar estos objetivos en tanto se mueva mejor en este juego. Pero a su vez les exigimos que actúen como si respetaran el entramado moral reinante. Por eso, justamente, cuando vemos la desnudez del emperador, cuando observamos de cerca las miserias de lo político, les sacamos nuestro apoyo. Les demandamos al político que se ensucie las manos para poder defender nuestros intereses, pero que, ante nosotros, como presintió Martin Hollis, se ponga guantes blancos. La hipocresía del político y la del ciudadano son dos caras de la misma moneda; el político debe ser hipócrita en parte para que el ciudadano pueda seguir viviendo con los ojos cerrados (living easy with eyes closed). El político es como un Dorian Gray, todos sabemos que su alma se está pudriendo; por eso preferimos que esa putrefacción quede oculta en un cuadro. Quizás, con el tiempo, he entendido desde otro lugar el discurso que en la película A Few Good Men brinda el personaje Jack Nicholson: You can’t handle the truth! Aunque con su vestimenta militar conduce nuestra mente hacia terribles escenas pasadas.
Un mundo político que se enorgullece de decir las cosas como son, como las siente, sin eufemismos; que aprecie más la sinceridad, por más que sea violenta e inmoral, que el fingimiento de la cortesía, del respeto de un horizonte moral compartido; que no tenga reparos en mostrar su cara más nefasta en honor a la verdad; es un mundo en el que las instituciones que nos permitían convivir se están agrietando. Por eso, cuando se critica la hipocresía, yo nuevamente recurro al poeta andaluz y cambio de conversación.