Rebelión acuática
El proyecto del parque acuático en la Rambla Catalunya generó rechazo ciudadano y una protesta inédita de la gente de río. La trampa de debatir el qué, cuando el problema es el dónde y el cómo.
El sol a pleno, bien arriba porque es de mediodía, entibia el sábado fresco de otoño frente al río Paraná. La Rambla Catalunya, la costanera pública norte de Rosario, se abre como un ventanal diáfano al verde de las islas y el humedal. Rogelio Bramajo, o Chango, enrolla las banderas de Nadadores de Agua Fría (NAF), una de las 25 agrupaciones que se oponen a la construcción de un parque acuático en este lugar. Ahora está solo, pero en poco más de una hora comenzará una protesta que tiene pocos antecedentes: un corte de la avenida Carrasco con “intervención artística”.
La “gente de río” es un universo disperso que, en este caso, se unió para rechazar la iniciativa de la Municipalidad. Le dicen “no” al plan para extender el cerco de “La Florida paga” hacia la zona gratuita entre 100 y 200 metros, según cómo se modifica el anuncio en tiempo real. Es un encuentro inédito de vecinos, ambientalistas, pescadores, deportistas náuticos (desde nadadores a escuelas de kayak, windsurf y otros), vendedores ambulantes y de carritos. También están quienes no viven acá pero disfrutan del río en los únicos 800 metros sin restricciones. Un pequeño porcentaje de orilla litoraleña en los 17 kilómetros de ribera que tiene la ciudad.
Chango Bramajo es uno de los referentes de la protesta. Se distingue fácil por su sombrero naranja, tipo australiano de alas laterales plegadas, con la cruz roja de “lifeguard”. Debajo asoma una barba poblada de canas. Fue guardavidas en Isla Verde desde 1998 a 2013 y, con 62 años, está a punto de jubilarse de profesor de matemáticas. Es nadador de aguas abiertas y además de explicar por qué el parque acuático es un mal proyecto y sin consenso social, marca una línea divisoria invisible pero clave.

La Rambla sur, desde Gallo hacia la bajada Puccio, está más cuidada, con arena, una estación aeróbica, bares y baños. De Gallo al norte, donde él termina de atar las banderas, el territorio es una mezcla de playas y espacios secos muy desmejorados. “No han hecho nada en esta parte, no tiran arena, ni cortan el pasto. Cuando vemos el megaproyecto que no pidió nadie, te das cuenta por qué abandonaron este lugar: lo quieren cerrar para hacer negocios”, dice y habla de futuros bares que se concesionarán a privados en esa zona. En la licitación que ya está en marcha, se menciona una “ampliación de servicios gastronómicos”.
Esa división del espacio, para él, define el conflicto: “Este es un proyecto contra los marrones. Acá hay barro, acá venimos los pobres. Este sector está vinculado a los pescadores, que muchos tienen sus puestos y viven enfrente. Es la identidad de esta zona”.
Elsa Abip, del barrio de los trabajadores del río, dice: “Nosotros defendemos el espejo de agua, el amarre de las canoas sobre la playa de la plaza seca, desde ahí llega la mercadería para los puestos. Este espacio es lo último que nos queda”.
“Somos quinta generación de pescadores que vivimos junto al río. No queremos el parque acuático acá, no va a ser para nuestros pibes y pibas, como no lo es La Florida paga”, agrega.
***
El problema no es el qué; es el dónde y el cómo. Mal enfocado, el debate se vuelve una curiosidad imposible de entender. ¿Por qué despiertan tantas pasiones unas piletas con toboganes que nadie sabe bien cuántas vueltas darán antes del panzazo?
La costanera norte tiene cerca de 1,2 kilómetros de playa o zonas de acceso al Paraná. Un tercio de eso es el predio concesionado por la empresa pública Costanera Rosario y conocido como “La Florida paga”. Limita al norte con la bajada Escauriza y al sur, con Ricardo Núñez. Desde ese punto, empieza el resto: 800 metros de la Rambla Catalunya gratuita.
En este tema, las palabras pesan mucho. Es cierto que, formalmente, no hay privatización. Todo es municipal, concesionado o no. Pero el proyecto acuático sí restringe el espacio de uso común: se diseñó sobre la parte norte de la Rambla, pegado al extremo sur de La Florida.

El pliego oficial detalla obras desde Gallo hasta Ricardo Núnez y dice textual: “Integrando el nuevo acceso al Complejo La Florida”. Además, se colocará un “tablestacado” (pared hermética) sobre el borde del río, al costado de las piletas con abono.
Aunque todavía no fue adjudicada, los efectos ya se ven. La Municipalidad colocó cercos para iniciar una obra subterránea necesaria (la reparación del conducto Piaggio), que limita con el predio concesionado. Así, extendieron la porción de tierra sin acceso público hacia el sur.
De acuerdo con el plano del pliego (que tiene escalas y se puede medir), el emprendimiento abarcará 214 metros de costa. Ya no quedaría un tercio de costanera “paga” y dos tercios “gratuitos”, sino mitad y mitad. Se perdería un cuarto de la escasa orilla abierta: bajaría de 800 a 600 metros.
***
Ahora faltan minutos para las dos de la tarde del sábado soleado y los primeros manifestantes de la “Comisión de defensa de la Rambla” empiezan a pintar carteles. Sandra Lenci, de la vecinal El Embudo, apoya los cartones de colores sobre la baranda ancha de cemento. La mujer de 64 años, pelo rubio que nace debajo de un gorro amarillo, escribe con pincel y pintura comprados con el fondo común: “Río y Rambla, nuestra identidad”. Otro: “No Parque Acuático en la Rambla”. O: “Defendemos playa pública”.

Ana, de la agrupación Protegiendo Nuestros Árboles, se suma a la tarea. Tiene 69 años y dice que más de 40 ejemplares serán removidos para poner piletas de plástico. Que los trasplantes no funcionan y los árboles se mueren.
–Cuando nos enteramos fuimos a reclamar a la Municipalidad y al Concejo pero no nos dieron respuesta –cuenta.
–Pero este proyecto nunca pasó por el Concejo –le dice Sandra entre aclaración y denuncia.
A esta hora las mujeres son mayoría. Llegan dos hombres. Se acercan a firmar las planillas para oponerse al complejo acuático.
–¿No nos meteremos en un lío? –pregunta el primero, un poco en chiste, antes de dejar sus datos personales.
–Ya estamos en el lío –le responde una de las jóvenes que le da las hojas.
Quince minutos después ya son 30, 40, 50. Empiezan a armar las pelopinchos que usarán para cortar el tránsito sobre avenida Carrasco. Uno de los trabajadores de los carritos de comida aporta un tobogán de plástico, de esos juegos infantiles. Otros ponen sus kayaks.

Ahora llega Diego Algrain, parte del grupo que inició la movida. Tiene 46 años y todos lo conocen como Rana. Integra la Asociación de Guías e Instructores de Kayaks (Agiks) que participa del Consejo Consultivo del Río, bajo la órbita de la Secretaría de Deporte y Turismo. Suena a juego de palabras, pero dice que este tema no fue consultado en el consejo consultivo.
Rana Algrain nació y se crió en La Florida. Se acuerda de la primera guardería “La cabaña del navegante”, en el inicio de los años ochenta. Había parrilleros debajo de los sauces y comía asados con su papá, también kayakista. No es nostalgia lo que lo impulsa. “Hace tiempo que pedimos más espacio a la Municipalidad porque no entramos todos acá. Estamos los kayaks y las escuelas que tenemos dos bajadas, los nadadores, los que hacen windsurf, kite o paddle surf. Y, en lugar de escucharnos, lo que hacen es apropiarse de 200 metros”, resume.
“Pueden poner un parque acuático o una calesita, ese no es el problema. Nos están quitando el acceso público al río”, insiste. Su grupo presentó un recurso de amparo a la Justicia para frenar las obras y un proyecto de declaración de la Rambla como patrimonio histórico, social y deportivo, en el Concejo. También existe otra acción jurídica de vecinos, una cautelar basada en la ley 10.000 (utilizada en causas socioambientales y por afectación del espacio común).
En el Palacio Vasallo, se presentaron múltiples iniciativas. Este jueves, a las 13, habrá un intento de “sesión extraordinaria” de la oposición. Si juntan 15 votos, podrían sancionar un paquete de normas que incluye el pedido de suspensión de la licitación. La Comisión de defensa de la Rambla convocó para las 12 en la puerta.
***
Cuando las cosas se ponen confusas, es bueno recurrir a la cronología. El jueves 5 de marzo de este año, el intendente Pablo Javkin dijo en la apertura de las sesiones ordinarias del Concejo: “Junto a la Provincia vamos a construir el primer parque acuático de Rosario. Renovando completamente el sector sur de La Florida, integrando la playa con un nuevo espacio ribereño de 10.000 metros cuadrados”.
El anuncio, un párrafo en una hora de discurso, no fue título principal y pasó de largo. Un mes y medio después, el jueves 23 de abril, el intendente firmó el decreto 715/2026 para llamar a licitación del “Parque Acuático - Costanera Norte”, con un presupuesto de 12.600 millones de pesos (unos 9 millones de dólares).
El domingo 26, la gacetilla oficial con la novedad se replicó en algunos medios. “La obra será financiada por la Provincia y ejecutada por el municipio”, informó. Sobre el tamaño, el gobernador Maximiliano Pullaro anticipó “un proyecto único en la provincia, de mayor dimensión que otros complejos similares de la región”. Tendrá una “torre de toboganes, estructura de gran altura”.
Además de esos datos, la noticia tuvo una particularidad. Los renders, imágenes con diseños digitales, encendieron las alertas: dos piletas gigantes con toboganes de plástico copaban la Rambla norte.

Las sospechas de la gente de río se confirmaron con el pliego publicado el martes 28. En los planos oficiales de ese documento técnico y legal, las piletas ocupan más de 200 metros de costa desde La Florida paga hacia el sur.
La publicación comenzó a circular. Chango Bramajo la vio compartida en el grupo de nadadores. A Rana Algrain también se la mandaron otros kayakistas. Lo mismo pasó al interior de la Multisectorial de los Humedales, El Paraná No Se Toca, Taller Ecologista, Protegiendo Nuestros Árboles y así. Hablaron entre ellos y coordinaron una primera reunión en la costanera el miércoles 6 de mayo.
Ese día eran unas 50 o 60 personas y crearon la comisión de defensa. Armaron un grupo de WhatsApp, con un representante por cada una de las 20 organizaciones. Convocaron a la primera asamblea para el sábado 9 en la zona donde se proyectaron los piletones.
“La Rambla no se toca”, fue el grito de más de 300 personas. Los videos y fotos se amplificaron en las redes.
“Esto es mi vida, es el lugar más hermoso de Rosario. Lo vamos a defender a muerte. Se quieren apropiar de este lugar para facturar”, dijo Rana en esa asamblea. Como referente de los kayakistas, replicó la protesta en el espacio virtual del Consejo Consultivo del Río. Dice que los administradores, de la Secretaría de Deportes, lo sacaron del grupo. En solidaridad, cuenta, otro compañero lo abandonó.
Para rechazar el proyecto, abrieron un petitorio en la plataforma digital Change (que ya supera las 12 mil firmas). El miércoles 13 de mayo realizaron una marcha en el centro y el jueves 14 presenciaron la apertura de los sobres de la licitación en el edificio de la ex Aduana. Cuatro empresas interesadas hicieron ofertas económicas.
Ese mismo día, el Ejecutivo distribuyó el “Plan Integral” de la “nueva costa norte” con 12 intervenciones e imágenes de playas anchas. Al demoler dos viejos bares se suman 2.450 metros de arena, con “reordenamiento” de puestos de pescadores, traslado del muelle de taxis lanchas y creación de un “Mercado Norte” . Y, claro, el parque con “piletas, toboganes y áreas gastronómicas”.
El viernes 15, la Municipalidad demolió el bar Mordisco. Si bien está dentro del pliego de la licitación (aún sin ganador), esos trabajos los anticipó el Estado con fondos públicos. El sábado 16, horas previas a la protesta, el lugar amaneció con un cerco perimetral. El argumento: la reparación del conducto Piaggio que, según reconoció el intendente, hace años que “está roto y tiene derrames pluviocloacales que van derecho al río”.

El festival se hizo igual, al costado de la zona clausurada. Durante la tarde, pasaron unas dos mil personas. A la noche, se montaron 42 carpas y unos 150 manifestantes desafiaron las advertencias de la Policía, el frío y la lluvia de la mañana del domingo. Todo eso, dicen, les dio más “cohesión”.
***
–¡Vamos, vamos, vamos!
–Entramos con las piletas, ¡dale, dale!
–¿Quién me ayuda con el kayak?
Pasadas las tres de la tarde del sábado, el grupo se mueve de la vereda a la calle. El piquete comienza en Carrasco y Gallo. Ellos le dicen “intervención artística” porque montan tres piletas tipo pelopincho, una con el tobogán de juguete adentro, un par de kayaks cruzados, andariveles amarillos y conos naranjas.
Las nadadoras usan mallas bikinis arriba de la ropa y antiparras. Actúan y juegan. Hojas secas caen del tobogán. La parodia de los, ya famosos, renders oficiales.

La mano que viene del sur queda cortada por la escenografía y del otro lado, del norte hacia el centro, los manifestantes solo bajan a la calle cuando el semáforo está en rojo. Hasta que un grupo se queda incluso durante el verde.
–¡No!, ¿qué hacen? Salgan. Lo acordado en asamblea es liberar el paso cuando está en verde –dice Chango.
Los otros no se quieren ir. Discuten. El guardavida con sombrero naranja grita, reprocha que eso perjudica a los trabajadores de los carritos de comida. Se corren y el tránsito queda liberado de esa mano. Muchos automovilistas responden con bocinas. Él levanta los pulgares, otros aplauden. La Policía decide cruzar un patrullero más al norte, sobre la rotonda de Escauriza, y ya no pasan más vehículos. Entonces, el corte es sobre ambas manos.
“No se toca, la Rambla no se toca”, cantan unas 200 personas. Sebastián, la abeja de la Multisectorial de los Humedales, habla de “las pérdidas” que genera el proyecto: “No solo de espacio público, también de identidad, de cultura, privatiza, excluye”.
Dos nenas comen mandarinas sobre una lona. Al lado está Walter, de 90 años, médico jubilado. Se presenta como usuario de la Rambla de toda la vida. Desde tomar mate a practicar deportes. “No es lugar para un parque acuático. Ya empezaron las obras y ni siquiera está licitado. Es un adelanto violento para dar la idea de que tienen poder y que no van a dar marcha atrás”, analiza.
***
La segunda pregunta que le da profundidad al conflicto es cómo se avanza con la iniciativa. Después del silencio inicial, el intendente Javkin dio notas para explicar el proyecto y responder algunas de las críticas.
“Han dicho algunas cuestiones que no son verdad porque se trabaja sobre renders. Por ejemplo que se pierde playa, todo lo contrario, el parque no va sobre el sector de Rambla abierta”, afirmó.
Con respecto a la falta de consenso social, dijo que dialogará con todos los sectores pero “ya con el proyecto terminado y con la licitación hecha, porque si nosotros no hacemos la licitación y no tanteamos quién lo podría hacer, ¿qué sentido tiene?”.
Negó la pérdida de acceso libre a esa zona porque “estará a cargo de una empresa pública” (Costanera Rosario). Dijo que el abono será similar al formato de la concesión de La Florida, que tiene convenios con instituciones. “Es paga pero es gratuita”, fue la fórmula que dio y reconoció que “por supuesto los sábados y domingos se cobra un acceso mínimo”.
En ese momento, con los sobres de las ofertas económicas de las empresas ya abiertos, el parque acuático dejó de ser el “más importante de la región” con 10 mil metros cuadrados, para reducirse a “unos toboganes de agua como una plaza”, de 4.500 metros sobre 46 mil adoquines.
Así, los 214 metros de costa afectados en el pliego se redujeron a los 109 de largo que tiene la explanada. Dos dimensiones para una misma obra: el multiverso acuático.

El oficialismo vinculó las oposiciones a un interés político partidario y a “las elecciones del año que viene”. Los manifestantes escucharon al intendente en las radios y los canales locales. Quisieron dar su versión. Les costó mucho conseguir espacio en los medios masivos o comerciales. Esa imposibilidad multiplicó la bronca y la impotencia, y no apagó las preguntas.
¿Cuál es la vinculación entre la reparación del conducto subterráneo Piaggio con unos toboganes en la superficie? ¿La demolición de los viejos bares es para aumentar los metros de playa o un trueque para restar costa libre? Nadie explica por qué las mejoras deben estar atadas a piletas cerradas.
***
El jueves 21 de mayo, la polémica llegó al Concejo. Unió los extremos: desde Juan Pedro Aleart (La Libertad Avanza) a Juan Monteverde (Ciudad Futura) se expresaron en contra. El experiodista cuestionó que se destinen 3 millones de dólares del presupuesto público solo para el parque acuático (es el 30% de los 9 millones totales). Dijo que hubo “más marketing que transparencia”.
Monteverde aseguró que “el proceso se vuelve cada vez más opaco y sospechoso”. Solicitó la intervención del Tribunal Municipal de Cuentas porque es “ilegal” licitar con recursos para 10.000 metros cuadrados y después hacer solo la mitad.
Los dos pidieron la suspensión de la licitación. Fernanda Gigliani, de Iniciativa Popular, sumó que la Rambla es parte de las “Áreas de Reserva para Plan de Detalle” y cualquier trazado (como hacer una torre de 12 metros de altura para toboganes) debe ser votado en el Concejo. El ex secretario de Salud en FAS, Leonardo Caruana, reprochó “cómo se toman las decisiones”, sin escuchar ni consultar y “en una clave de neutralizar las voces”. El peronista Mariano Romero calculó que con esos fondos se podría abastecer de agua potable a 24 mil rosarinos en los barrios.
La socialista Alicia Pino contó en el recinto que le pidió al intendente “buscar otras alternativas” a la ubicación del parque. Pasó desapercibida por el tono sereno, pero evidenció la falta de consenso incluso en la alianza de gobierno.
Fabrizio Fiatti, de Unidos, respondió que los 10 mil metros cuadrados responden al área total de intervención y que las piletas forman parte de otros trabajos. Por eso, hay “licitaciones modulares”. Aseguró que “la Rambla va a tener sus 800 metros de playa pública” pero rechazó revisar el trámite: “Antes de fin de año esta obra tiene que estar terminada”.
Ese día se aprobó un pedido de informes y, en paralelo, diez concejales firmaron un llamado a “extraordinarias” para este jueves 28.
***
A las cuatro y media del sábado, el corte continúa sobre Carrasco. El mayor atractivo es recoger adhesiones en forma de bocinas. Muchos se suman y saludan, otros no, molestos por el desvío. Nadie sabe cuánto más durará el piquete. Improvisan.
La organización de la comisión por la Rambla tiene las limitaciones de lo inorgánico pero también su legitimidad de base, su espontaneidad. En un grupo de WhatsApp abierto hay más de 500 personas. El debate interno puede ser confuso y perderse en temas paralelos. Hay teorías conspiranoicas, exabruptos, pero también saben definir pasos concretos, ofrecer ayuda, juntar fondos y armar rifas.
Pueden ser flexibles y pragmáticos. Si les ofrecen apoyo logístico, de un partido político o de un sindicato, lo reciben pero no condicionan sus acciones. Las definiciones se toman en asambleas. Muchos integrantes tienen otras militancias y convicciones pero las ideologías son diversas. Lo que mantiene la unidad es enfocarse en el rechazo al proyecto oficial.
“Cada uno aporta lo que sabe hacer. Por ejemplo, yo organicé mil acampes en las islas, entonces tomé la posta con eso. Otros cocinan, hacen un flyer o ponen el sonido, y si no hay nadie que pueda, se hace sin sonido”, explica Rana que, como otros, no tiene mayor experiencia en luchas previas.
Algunos cortan una calle por primera vez, o no saben quiénes son los concejales o confunden Cadena 3 con Canal 3, pero hablan del río como si fuese un hermano.
La tarde sigue hermosa. Inmejorable para ser un día de otoño. La gente camina por la Rambla, anda en bicicleta, se sienta en reposeras sobre el pasto, en los bancos de cemento o en la arena. Disfrutan de un paisaje preexistente a la ciudad. Pero estamos en mayo: están abrigados.
Unos metros más al norte, empieza el lugar vallado. En el centro del adoquinado, solitaria, una mujer policía se aburre. Del otro lado de la reja, La Florida paga está casi desértica. El contraste de la playa norte con el sur no es casual. Es un adelanto de la escena que ofrecerían, la mayor parte del año, las curvas y contracurvas de los toboganes de la controversia.