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Las derechas radicales y los huevos de serpiente del Sentido Común

Gastón Souroujon analiza en este newsletter como un concepto supuestamente asociado a la verdadera naturaleza de las cosas termina siendo una trampa mortal para la democracia.

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En su segundo discurso de investidura, Donald Trump anunció una Revolución del Sentido Común. La primera impresión que produce esta convocatoria es la de una devaluación del significante revolución, en el pasado asociado a luchas emancipatorias y a transformaciones radicales. El sentido común como estandarte de la revolución, como reemplazo de la santa trinidad laica (liberté, égalité, fraternité), remueve toda épica a la revolución y la transforma en lo más parecido a una reunión de consorcio (que como sabemos puede resultar aún más sangrienta que la más cruenta de las revoluciones). Pero esta apelación al sentido común no es una más de las extravagancias de Trump, sino que la encontramos en los discursos, spots, redes sociales y etcétera de los distintos compañeros de ruta del líder norteamericano alrededor del mundo. Es una bandera levantada por las diferentes expresiones de lo que se reconoce como la cuarta ola de la derecha radical.

El UKIP británico y el Rassemblement National francés acuden al sentido común para fundamentar sus propuestas antiinmigratorias y sus ataques a la burocracia de la Unión Europea, Fratelli d’Italia empuñó el sentido común en defensa de las libertades individuales contra las políticas restrictivas del gobierno italiano en el contexto del COVID - 19. Y, previsiblemente, la mayoría entona el canto del sentido común a la hora de deslegitimar los derechos de las diversidades sexuales, desde el ex primer ministro británico Rishi Sunak (“A man is a man and a woman is a woman, that’s just common sense”); hasta el diputado de La Libertad Avanza Agustín Romo (“Resulta que ser de extrema derecha es decir que solo hay dos géneros, que los hombres no pueden quedar embarazados, que el Estado no puede gastar más de lo que recauda y que la emisión monetaria genera inflación. A mí, más que derecha, me parece sentido común”).

Presentarse como adalides del sentido común tampoco es una originalidad de las derechas radicales de los últimos años, sus antecesores recientes dentro de la misma tradición también se revestían con este ropaje. A fines de los 90, el premier de Ontario Mike Harris se enfrentaba a los altos impuestos convocando a otra revolución del sentido común, lo mismo que haría Ronald Reagan: “Common sense told us that when you put a big tax on something, the people will produce less of it”.

Aunque, para ser justos (si eso es factible para un simple mortal), el sentido común no siempre fue un arma asociada a la derecha política, sin ánimo de aburrirlos con una historia conceptual, es suficiente recordar que el panfleto más influyente en el contexto de la Revolución Norteamericana, fue Common Sense, de Thomas Paine, publicado en enero de 1776, donde sostiene que es contrario al sentido común que una isla gobierne un continente, o que un joven en Inglaterra gobierne a millones en otro lado. Como toda gran construcción conceptual, el sentido común tiene el rostro de Jano, por lo que fue invocado por revolucionarios y contrarrevolucionarios y fue simultáneamente la bandera levantada en contra de la esclavitud (pues el sentido común dictaba que todos los seres humanos eran iguales) y a favor de la misma (pues se aducía que las diferencias entre razas eran sentido común). Todos los grandes conceptos tienen ese estigma, pensemos en la pobre libertad, que décadas atrás se hallaba en la boca de Rosa Luxemburgo y hoy resignada aparece en los gritos de Lilia Lemoine. Dice una voz popular: la primera vez como tragedia, la segunda como farsa.

Sin embargo, desde sus orígenes, el corral en el que empolla el concepto de sentido común está plagado de huevos de serpiente, con los que Ingmar Bergman podría haber hecho una serie de varias temporadas; es decir, hay modulaciones en el uso de este concepto que son peligrosas y, en manos de la derecha radical parecen estar empezando a romper el cascarón.

La primera modulación, nos sugiere Sophia Rosenfeld en su libro Common Sense, supone el encumbramiento del sentido común como autoridad epistemológica, como un principio del conocimiento autoevidente, instintivo, unívoco, que no necesita demostración posterior. El sentido común nos permitiría comprender la verdadera naturaleza de las cosas, reflejar la realidad tal cual es. El problema es que, al ser un conocimiento fundado principalmente en los sentidos, en las experiencias y al negar cualquier mediación u operación racional, nos puede inducir a afirmaciones apresuradas: como que la Tierra es plana, pues en ningún momento percibimos su rotación (Carole King quedaría sola cantando I feel the earth move under my feet), o que inocular un virus (atenuado) para evitar justamente la enfermedad que éste genera es un principio absurdo. Es decir, nos invita a regresar al medioevo, pero ahora sin la belleza de las iglesias góticas. Esta autoridad epistemológica se refuerza con otra dimensión paralela, el sentido común aparece como un tipo de conocimiento factible de ser alcanzado por todos por igual, es una propiedad del común de la gente, por lo que constantemente es esgrimido como arma contra los saberes especializados. Este uso produjo un impulso igualador y permitió despojar de los privilegios a distintas fuentes del saber. Sin embargo, es factible divisar en el uso que le da los exponentes de la derecha radical, una veta irracionalista, de odio al intelectual (aunque la gente del CONICET se siga negando a lavar los platos) lo que puede dar pie a un sujeto que creíamos ya sepultado, el que se enorgullece de su ignorancia.

La segunda modulación es la transformación del sentido común en una autoridad moral y política, la pretensión de proporcionar un conocimiento inmutable y rígido, de apelar a la naturaleza de las cosas, en el plano de las relaciones humanas despide un tufillo inquietante que puede restringir la vitalidad de la democracia. Pues ésta sólo cobra vida si se construye a partir de artificios flexibles, cambiantes, no evidentes por sí mismos. La pretensión de una gramática totalmente transparente, de una correlación certera y unívoca entre dicho y hecho, como se desprende en las palabras de André Ventura, líder del partido lusitano Chega: “…un niño es un niño y una niña es una niña, y es así que va a seguir”, osifica esta forma de vida en común. Por otra parte, hay que reconocer que concebir el sentido común como una propiedad universal que comparten todos los humanos generó en el plano político una verdadera revolución, era el pueblo, más que los reyes, nobles o burócratas (aunque estos últimos siempre se acomodan) quien poseía el discernimiento para resolver los problemas de la vida pública. Parecería entonces que nada mejor que un orden democrático para expresar la panacea del sentido común. Sin embargo, rápidamente nos encontramos con la otra mejilla del rostro de Jano, aquella que no se ofrece fácilmente, los políticos que se arrogan hablar desde el sentido común, se erigen como la voz del pueblo, a partir de la cual cualquier disidencia, oposición u expresión novedosa, manifiesta intereses ocultos, egoístas, corruptos, o son descifradas como conspiraciones. El sentido común entonces funciona como un recurso de despolitización, hay temas y propuestas que deben situarse por encima de cualquier discusión. Rassemblement National nos recuerda que las políticas contra la inmigración o a favor del chauvinismo de bienestar, no son de izquierda ni de derecha, sino de sentido común. En consecuencia, quien consigue cartearse el sentido común en la baraja, se apropia del ancho de espada, contra el cual no se puede dialogar. La comodidad que sienten las derechas radicales en las tierras del sentido común no se debe a su carácter igualitario, sino a una forma poco democrática de pensar el poder, en donde las reglas de la discusión política y el resultado de la misma están definidas de antemano.

La tercera y última modulación puede entenderse como una de las formas en que el sentido común se presenta en escena. El sentido común se halla asociado a un tipo de conocimiento práctico, simple, que se despliega usualmente en la vida cotidiana. El discurso político muchas veces retoma esta dimensión explicando fenómenos complejos a través de metáforas de la vida cotidiana, “si entra tanto dinero en una casa… no puede salir tanto”. Esto transforma a lo político en un asunto de administración del hogar, el ideal de pueblo que se desprende es el de una asociación de amas de casa, de una charla en la trasnoche de un 24 de diciembre. Dos lógicas distintas signan lo público y lo privado, y la incomprensión de esto genera no sólo la privatización de recursos comunes, la aparición del ciudadano consumidor, y tantos etc. Sino fundamentalmente la obliteración del único espacio que tenemos para trascender nuestra condición mortal.

El sentido común es aquel que se conforma con la mera reproducción biológica, sólo sorteando los límites del sentido común nos acercaremos a una vida verdaderamente humana. Quizás con una intención distinta, Jacques Rivière señalaba que Marcel Proust muere por no saber abrir una ventana ni encender el fuego, por falta de sentido común podríamos decir. Lo que silencia Monsieur Rivière es que solo dándole la espalda al sentido común se va en busca del tiempo perdido.

Estos huevos de serpiente en manos de la derecha radical me generan pavor, especialmente porque suelen mostrar la faz más bella de su rostro para luego enseñarnos la otra. En tanto esta práctica persista, al menos yo, apropiándome del poeta andaluz: cuando me hablan del sentido común… cambio de conversación.


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