Épica, ética y estética
Una nueva edición de este newsletter en el que hablamos de dos libros presentados el mismo día: "Rosario es un eclipse", de Lucas Canalda, y "Manual de ciberguerrilla urbana", de Pablo Bilsky.
1 El jueves 9 de abril estoy, a las 20.30, en el pasaje Pan para la presentación del libro Rosario es un eclipse. La ciudad y los tiempos de Bubis Vayins, editado por Rapto, con textos de Lucas Canalda, fotos de Renzo Leonard y prólogo de María Victoria Rittiner Basaez. Hay bastante público, un amplio espectro de generaciones; la gente se ríe y parece real. La música está muy fuerte para mi gusto pero el resto no opina lo mismo.
En fin: Rapto es el proyecto de periodismo cultural con el que Leonard y, sobre todo, Canalda tratan, desde hace una década, de darle algún tipo de épica a una escena independiente local a la que le cuesta salir de las fronteras de Rosario. Le cuesta salir inclusive de los límites del macrocentro: los bulevares. Es más, la mayor parte de los rosarinos ignora lo que se genera ahí.
Pero, a pesar de las infinitas circunstancias globales, nacionales, provinciales y locales en su contra, el esfuerzo de Canalda por darle entidad a esta escena musical y cultural no sólo no amaina, sino que se multiplica. Está convencido de que vale la pena (yo también) y, donde sea que la ingrata escena lo requiera, se presenta: como cronista, como productor de festivales, como público, como lobbista, como redactor de ordenanzas o como arengador. Aparece de repente en lugares en los que las coordenadas espacio/tiempo, de acuerdo a las leyes de la física tradicional, no cierran.
Las circunstancias que conspiran contra la escena son enumeradas claramente en el discurso de Canalda frente a los presentes. No hay concesiones con los nombres de productoras locales y con los apellidos de políticos en el poder, ni eufemismos para hablar de lo que no nos gusta. Franco Ingrassia, del colectivo Planeta X, me dice al oído: “Ellos no saben que en los 90 era igual pero editar un libro era mucho más barato”. Otro músico veterano se expresa con su interlocutor: “Esto ya existía hace 40 años”. La prologuista santafesina, Rittiner Basaez, ensaya al micrófono una enumeración de las virtudes de Canalda como cronista de la escena. Coincido en la mayoría pero ahí recuerdo por qué no me gustan las presentaciones de libros: me da mucha vergüenza que le chupen las medias al autor en su presencia. Pero es un problema mío a resolver en terapia.
De todas maneras, algo pasa cuando Rittiner Basaez lee un fragmento del epílogo del libro. A esta altura conviene decir que Lucas Canalda (Rosario, 1982) no es un tipo de pocas palabras. Las reglas del periodismo tradicional, la de los textos económicos, los adjetivos precisos sólo cuando son necesarios y la intención (falsa) de objetividad no son su fuerte. Sus notas no son cortas. Si tengo que pensar en una tradición periodística de la que es heredero puedo escribir acá: periodistas de rock de los 70 y 80 yanquis e ingleses -o argentinos de los 90-, algo de Caro Taffoni y Diego Giordano, neologismos, citas, autocitas, metáforas y comparaciones sin equilibrio, grandilocuencia, emoción sin filtro y, sobre todo, épica. Si lo de Canalda se lee desde una mirada cínica -como la que tiene la mayoría del campo cultural local hoy, en esta ciudad abandonada por los distintos dioses- puede parecer un poco exagerado. A mí a veces me parece exagerado y eso que le presento batalla al cinismo todos los días de mi vida, 24/7. Pero somos humanos y laburantes: las derrotas son grandes y muchas, los triunfos son pocos y pequeños.
La cosa es que la prologuista santafesina lee una larga parte del epílogo de Rosario es un eclipse y lo que podría llegar a ser embole me provoca otra cosa. El contexto, el clima apenas otoñal, mi guardia baja, qué sé yo. Me pregunto: ¿Hay una manera mejor de contar esta escena? ¿Cuál sería? ¿Hacerse el canchero? ¿Tirar postas? Entonces me voy a mi casa y en unas horas leo el libro completo. Tiene un prólogo y una introducción, nos explica dos veces lo qué vamos a leer a continuación. Es un Canalda de manual y las fotos de Leonard son preciosas. La letra es chiquita, pero capaz que no es un texto para adultos mayores. Se trata de un bodoque hermoso que usa como disparador a una banda, Bubis Vayins, y a un disco, Fantasías de Violencia, para historizar sobre la escena, las influencias y el legado. Aparece el Rosario triste y sangriento de los últimos diez años, el de la droga, la soja, las constructoras, la noche en lento fade out, la cultura estatizada y privatizada. Está todo perfectamente contextualizado y las ideas cobran sentido como un tetris: recién cuando se completa el rompecabezas la pantalla hace un ruidito triunfal y las fichas caen. Hay que tener paciencia para leerlo, lo que describe es medio un garrón pero al mismo tiempo es esperanzador y luminoso. Lo terminé y me dio ganas de ir a la guerra.
2 Unas horas antes de la presentación de Rosario es un eclipse, fui a otra: la de Manual de ciberguerrilla urbana, de Pablo Bilsky, editado por Le Pecore Nere. Acá la puesta en escena es más clásica, en la librería de la Editorial Municipal de Rosario, sobre el ingreso a la Biblioteca Argentina por calle Presidente Roca. Público más adulto, sentado. El autor, la editora y el presentador, Javier García Alfaro, también están sentados. Rápidamente la conversación deriva hacia la Inteligencia Artificial y me quiero cortar las pelotas. Pero no lo hago, resisto, y en el medio cuentan cosas interesantes. Regina Celino, editora de Le Pecore Nere, explica que separó con algunos subtítulos el manuscrito de Bilsky -un sólo párrafo continuo, sin puntos y aparte- para hacerlo un poco más amable al lector. Pablo dice que si fuera por él todos sus libros serían un solo y único párrafo, con la cantidad de tomos que sean necesarios. Regina cree no haber afectado en nada la obra con ese gesto de amabilidad hacia el lector. Le quiero llevar tranquilidad a la editora: leí el libro y no hay nada amable en él. El título toma como referencia a Mini-Manual del Guerrillero Urbano, escrito en 1969 por Carlos Marighella, uno de los principales organizadores de la lucha armada contra la dictadura brasileña en la década del 60 del siglo pasado. El texto se trata, efectivamente, de un monólogo continuo de oraciones cortas. Ahora que lo pienso, tranquilamente se podría llamar Fantasías de Violencia, como el disco de Bubis Vayins que se menciona anteriormente. A esta altura conviene decir que Pablo Bilsky (Rosario, 1963) no es un tipo de pocas palabras, sobre todo cuando escribe. Es profesor de Literatura Española en la UNR y eso es muy evidente en sus novelas anteriores Herodes (Yo Soy Gilda, 2015) y Taxi (Le Pecore Nere, 2019), en sus libros de crónicas de viaje China (Baltasara, 2018) y Vietnam (Baltasara, 2020), y en los híbridos poema/ensayo Sfruttatori (EMR, 2018) y Peste Negra (Baltasara Editora, 2022). Si quieren una lectura ágil y tranquila, abandonen aquí toda esperanza. Los que sigan adelante van a tener que laburar. La cuestión es que la pregunta que se hace Bilsky a lo largo de toda su obra es fundamentalmente ética y nunca está tan clara como en Manual de ciberguerrilla urbana: ¿Cuánta violencia se puede soportar sin responder con violencia? O dicho de manera más sintética:¿Hasta cuándo? Para responder a los interrogantes éticos de la violencia y la contraviolencia la novela cita a Leon Rozitchner y desata una venganza hacker brutal contra los opresores del capitalismo ultra tecnológico. Y en el camino se ensaña particularmente con los trolls, los maltratadores de perros, los individuos que sólo encuentran un respiro en la triste existencia que les otorga el sistema odiando, maltratando y envidiando a sus pares en la pirámide social. Nunca se la agarran con los de arriba. Si el enemigo de Canalda es el cinismo, el de Bilsky es el sadismo: “Si no somos libres para odiar, torturar y disfrutar del dolor, no somos libres”, les atribuye como lema la novela a estos sujetos. Para ellos, el martillo. Un martillazo en la cabeza. Bilsky ya lo dijo en una entrevista con Canalda en 2021 (y lo repite en el libro): las nuevas tecnologías no son herramientas como el martillo. Piensan por sí mismas y modifican el modo de pensar y actuar de las personas. El martillo sí es una herramienta, al servicio de quien lo utiliza y maneja a su antojo. Por eso los ciberguerrilleros lo utilizan como arma en el plano no virtual. En la batalla digital lo que hacen es hackear y generar el caos. Para el registro de las instrucciones de guerra, para escribir el manual, utilizan otra tecnología, impenetrable por la inteligencia artificial: la escritura a mano de cientos de biromes sobre pequeños cuadernitos distribuidos por todo el planeta. En resumen, el libro de Bilsky es otro bodoque hermoso, escrito con el oficio que solo se aprende en décadas de hacer lo mismo a conciencia. Cuando lo terminé me sacó todas las ganas de ir a la guerra.
3 Además de compartir el día de presentación, Rosario es un eclipse y Manual de ciberguerrilla urbana comparten una estética, a pesar de abordar géneros distintos y tonos. Si yo fuera egresado de Letras de la UNR hablaría acá de ese concepto que cruza la escritura barroca y el barro del fondo de la cuenca del Río de la Plata que Néstor Perlongher definió como neobarroso. Pero ni en pedo me meto ahí.
Prefiero la cautela, aunque a esta altura me entusiasmo con cualquier cosa. Y entonces me entusiasmo apenas con la búsqueda de un lenguaje distinto al de lo virtual, al de las plataformas, al de las redes sociales, al de los medios masivos. Me parece que si uno está preocupado por el presente y el futuro a lo mejor hay que probar no reproducir lo que nos trajo hasta acá. Si quiero ser disruptivo, independiente y contracultural, si quiero plantear la discusión en otros términos, si busco que se prioricen otros asuntos, tengo que saber que el algoritmo no me quiere. Puede ser que a veces, como una pareja tóxica, me tire una onda para que me enganche y me suban los likes y las reproducciones. Pero no me quiere. No tendría por qué quererme, no tiene lógica ese amor. Lo que sí tiene lógica es la percepción de un discurso homogéneo en la Rosario virtual, porque hay mucha guita invertida en tweets, selfies y reels para decir que está todo bien, que todo es lindo. Y eso es lo que el algoritmo necesita para generar aceptación y provocar odio, en simultáneo.
Hay un montón de cosas que pasan en la ciudad que merecen ser contadas. El tema es cómo las contamos para que no sean efímeras, para que no desaparezcan rápidamente en un océano de videítos, carruseles de fotos y chicanas. Ojo, no estoy diciendo que hay que escribir y publicar un libro de 200 páginas sobre cada asunto que queremos tratar en la esfera pública, porque es carísimo e impracticable. Pero, por ahí, si logramos domar la ansiedad que los telefonitos nos provocan -con su corazoncitos y ruiditos de notificación-, podemos experimentar con el lenguaje y los formatos. Y empezar una conversación distinta, que por momentos sea divertida y por otros, no tanto. Y que tengamos la posibilidad de decir que algunas cosas no están bien sin que todo termine en una guerra.