San Cristóbal: cuando lo invisible se convierte en tragedia
El crimen de Ian Cabrera dejó a una pequeña ciudad santafesina enmudecida por el dolor. La contención y el trabajo con alumnos y familiares será imprescindible
Había un nudo en la garganta y en el estómago, que anudaba una tristeza profunda, que dejaba vacías las palabras, que perdían sentido al repetirse una y otra vez. “Es una pesadilla”, decía Marta, una jubilada que durante la noche del lunes 30 de marzo trataba de parar una vela en la escalera de la escuela Mariano Moreno, de San Cristóbal, provincia de Santa Fe. Unas horas antes había visto una estampida de chicos correr por la calle, frente a su casa, después de escuchar las detonaciones, los tiros que retumbaron a las 7.13 de la mañana de ese mismo día. Ella no sabía por qué huían despavoridos los chicos –algunos gritaban, otros se agarraban la cabeza, se caían- a pesar de que había escuchado los tiros. “Cómo iba a pensar que los disparos venían de la escuela. Es ilógico”, apuntó.
Esa fue la primera reacción que sobrevoló una ciudad de 16.000 habitantes, donde las cosas terribles no afloran a la superficie. Todo parece esconderse bajo el disimulo de la alfombra. El 1º de enero pasado Delfina, de 15 años, salió a comprar una gaseosa a un kiosco cuando la rodearon tres varones y dos mujeres, que tenían la misma edad. Su madre reveló que era hostigada desde hacía meses por alumnos de la escuela Mariano Moreno, un colegio que tiene tres niveles –primario, secundario y terciario- y es el más importante de la región. A Delfina le desfiguraron el rostro con cuchillos. El objetivo, según la madre, era degollarla mientras la filmaban con un celular. El hecho provocó una breve conmoción en San Cristóbal pero quedó como algo excepcional. El problema de fondo se reavivó con la tragedia que ocurrió el lunes pasado, cuando Gino C., de 15 años, entró a la misma escuela Mariano Moreno con una escopeta y después de cargarla en el baño comenzó a disparar a mansalva. Los tiros le provocaron la muerte inmediata a Ian Cabrera, de 13 años, y causaron heridas de gravedad en otros dos chicos, que hoy están fuera de peligro.
Gino robó la escopeta de su abuelo un día antes de que la empezara a disparar en el patio de la escuela. El abuelo se dio cuenta en el momento que escuchó en la calle que su nieto era el asesino. Volvió a su casa y se fijó en el armario donde guarda las armas. Faltaba una escopeta calibre 12/70. Si este chico de 15 años no hubiese tenido acceso a esa arma la historia podría ser otra. Aunque ese terreno es aceitoso, porque, quizás, algo trágico también hubiera ocurrido de otra manera.
El abogado Néstor Oroño, quien ejerce la defensa de Gino, reveló que cuando miembros de su equipo hablaron anoche con el joven asesino les dijo que “no estaba a gusto con su vida” y que “había intentado suicidarse desde los 10 años”. Ese cuadro severo, de una crisis psiquiátrica que afloró durante las últimas horas, estaba ausente en los primeros trazos de la historia en torno al asesino. Las autoridades de la escuela y del gobierno de Santa Fe advirtieron el lunes que el agresor no tenía antecedentes de problemas psicológicos ni de mal comportamiento en ese establecimiento.
“Era un chico introvertido, que no hablaba con nadie. Y no se animó a contarle de su intento de suicidio al psiquiatra que comenzó a tratarlo después de las lesiones que se autoinflingía”, dijo el abogado. La historia de Gino comenzó a recargarse de un costado oscuro que parecía oculto, que nadie había podido desentrañar, ni siquiera su familia. Su madre, una maestra jardinera, está actualmente con carpeta médica por licencia psiquiátrica. Federico Kiener, uno de los abogados del equipo de Oroño, aseguró tras reunirse con el adolescente que “no tenía problemas escolares”. Y remarcó que “tampoco hubo bullying ni había problemas con una persona”.
El martes, la secretaria de Gestión Territorial del Ministerio de Educación santafesino, Daiana Gallo Ambrosis, insistió con un dato clave: no existían alertas previas en la trayectoria escolar que permitieran prever este desenlace. “Estamos entrevistando al equipo directivo, que está muy impactado. No teníamos registros de una situación que pudiera determinar que esta tragedia podía suceder”, confirmó. “Esto ocurrió en una escuela, pero es el reflejo de la sociedad. Hay que tener empatía; es un momento trágico y no podemos sacar provecho de esto”, aseguró Gallo Ambrosis, y destacó que el objetivo es que “la palabra circule”. Antes, evidentemente, no fluía.
Antes que nada, los distintos actores decidieron atajarse, tanto en la escuela, como en el gobierno. No había un documento, un registro, que dijera que Gino tenía problemas, pero eso no quiere decir que no los tuviera. De parte de las autoridades, sobre todo del colegio, fue el reconocimiento de que algo había fallado, que nadie sabía qué le pasaba a ese chico introvertido, que un día robó la escopeta de su abuelo y empezó a disparar en el patio de la escuela a la que iba todos los días.
El gobierno anunció luego que va a iniciar un plan de acción en el ámbito educativo que apunta al acompañamiento de los docentes: se realizarán trabajos específicos con el área de Bienestar Docente para quienes estuvieron presentes en el momento del hecho. También se realizarán talleres con alumnos, con dispositivos especiales para los compañeros del niño fallecido y del joven imputado. Además, rondas de convivencia y espacios de diálogo en todas las escuelas de San Cristóbal.
Desde los medios nacionales se trató de instalar de una forma desmedida la versión de que Gino sufría bullying. Salieron especialistas a conjeturar sobre el peligro de este tipo de violencia dentro de las escuelas. Apareció como ejemplo la serie Adolescencia, que cuenta la historia de Jamie Miller, un chico de 13 años que es arrestado tras ser acusado de asesinar a una compañera de clase. Algunos puntos coincidían con la tragedia de San Cristóbal, pero no todos, sobre todo el central: hasta ahora no surgió de la investigación que Gino haya sufrido bullying. Se viralizó un video en el que los compañeros le pateaban el banco cuando se había quedado dormido en el salón. El empecinamiento de los medios porteños apuntaba a encontrar uno o varios culpables de manera rápida. En este caso, serían sus compañeros, que en realidad, habían sido las víctimas.
Por la propia dinámica de la agenda pública y mediática, en los próximos días nadie se acordará de lo que pasó el lunes pasado en San Cristóbal. Aunque suene despiadado, eso ocurrirá. Se van a olvidar en Buenos Aires, pero en la comunidad de San Cristóbal quedará una herida por siempre. Los chicos que fueron parte de ese escenario terrorífico, que recordaban con minuciosidad cada segundo de lo que había pasado, deberían tener algún tipo de asistencia, de contención, como las familias de las víctimas, que quedaron destruidas por esta tragedia.