
2 Sería muy injusto calificar al Mundial de Fútbol de ansiógeno de alta categoría cuando vivimos en la sociedad de la ansiedad permanente. Pero estos acontecimientos acotados en el tiempo, con una masividad que parece romper con los nichos algorítmicos en los que transcurre nuestra existencia cotidiana, son oportunidades para ver cosas que, a veces, no queremos ver. Por supuesto que hay cientos de millones de personas en el mundo que no le dan bola al mundial, pero seguramente ese número se reduce si descartamos a aquellos que no están enterados de que el mundial está sucediendo. Pocos momentos globales como este, ni las guerras ya.
3 Entre las cosas que vemos pero preferimos hacernos los boludos está la desaparición de los últimos espacios no invadidos por lo digital, esos oasis donde la experiencia de lo humano es pura, sin mediación virtual. La práctica de deportes era uno de ellos. No sé cuántos de ustedes que leen esto tienen o han tenido la posibilidad de competir contra otros y contra uno mismo en un espacio con reglas deportivas. Es muy difícil pensar en los asuntos pendientes mientras estamos concentrados en pegarle a una pelotita con alguna parte del cuerpo o con una herramienta. Es probablemente el periodo de tiempo más largo en el que no estamos con el celular encima mientras seguimos despiertos. Si vamos al deporte profesional, hasta no hace mucho tiempo lo que pasaba dentro del campo de juego durante el tiempo de disputa de un encuentro entre dos rivales era lo único libre de manipulación por parte de las tecnologías de la información. Bueno, ya no.

4 Elijo en este texto hablar sobre lo que pasa dentro de la cancha de fútbol en el mundial por una dificultad que tengo que asumir: no tengo la menor idea de lo que están viendo o leyendo ustedes de lo que pasa fuera del rectángulo de juego porque no sé qué corno les ofrecen los algoritmos. Sólo sé lo que me muestran a mí. La verdad es que no puedo saber si están enfrascados en una discusión sobre el racismo en las selecciones nacionales o los bombardean con links sobre artículos de investigación sobre complots antiargentinos. ¿Les llegaron unas palabras xenófobas del ex presidente español Mariano Rajoy sobre el equipo de Francia o unos reels de un flaco de rulos teñidos de rubio que histeriquea con mujeres hegemónicas en fiestas de Miami? ¿Leyeron o escucharon a personas decir “Si quieren venir que vengan” antes del partido de Argentina-Inglaterra o solamente se anoticiaron de las repercusiones a través de quienes criticaban la reproducción acrítica de la frase del general Galtieri durante la guerra de Malvinas de 1982? Yo inclusive vi una propuesta de escuchar solamente rock nacional en los días previos a la semifinal, pero no sé si lo soñé o no. ¿Se enteran de la posible formación de los equipos por tiktok o esperan que en medio de la maraña de sensaciones, opiniones sin argumentos y obviedades que se escuchan 24/7 en los canales deportivos de TV alguien tire los once que va a parar Scaloni? Fui testigo de poquísimos influencers haciendo exhibición de capital económico y social en las tribunas de los estadios, en los hoteles de USA y en las calles del poder central de occidente. Me dicen que están por todas partes. Pero no sé. A la dificultad de conocer qué les tira el algoritmo a ustedes se suma el tiempo que me lleva ver qué es o no es fake de lo que me llega a mí, entre imágenes pedorras generadas por aplicaciones de inteligencia artificial gratuitas y respuestas violentas con uso reiterado de la palabra “mogólico” a postulados con fuentes de dudosa procedencia. No me apareció en mi pantallita ni una sola de las supuestas canciones virales del mundial. Pero yo ya sé dos cosas: que el algoritmo me odia y que el que no salta es un inglés.
5 Parece que lo único que compartimos todos los que estamos viendo la experiencia mundialista es lo que pasa en la cancha durante el partido. Ahí no hay algoritmo que intervenga. Pero sí hay: está el VAR (sigla en inglés de Arbitro Asistente de Video), un comuñe humano sentado frente a una pantalla de tecnología digital de caja negra en la que elegimos creer o no, depende si falla a favor o en contra de nuestros intereses. Y está “el sensor”, una unidad de medición inercial (del inglés inertial measurement unit), dispositivo electrónico que mide e informa acerca de la velocidad, orientación y fuerzas gravitacionales de un aparato, usando una combinación de acelerómetros y giróscopos. O sea: un chip en la pelota que nos dice si la misma fue rozada por un pelo de algún atleta para determinar un offside o si el balón fue desviado por un alambre por donde corre una cámara encima del césped (híbrido). La misma fe que tenemos en que esas tecnologías nos digan la verdad o nos mientan es la que depositamos en los algoritmos. Mientras nos digan lo que queremos escuchar, todo ok. Cuando no es así, se pudre.
6 ¿Y si en Australia están viendo un mundial en el que ellos pasaron a la final en lugar de nosostros? Hoy seguro que no es así; en el futuro no estoy seguro.

7 Ante la avanzada sobre lo poco que queda por fuera de la virtualidad, me pongo ansioso. Capaz que este sea el último mundial de fútbol en el que todos veamos el mismo partido y no uno creado con inteligencia artificial a medida de nuestras métricas de consumo. Parece exagerado, pero la experiencia de escuchar gritar los goles antes o después por el delay de transmisión de las distintas plataformas ya está naturalizada, así que quién sabe. Lo que me parece inevitable es que herramientas digitales más baratas pero similares al VAR o al sensor de la pelota pasen del deporte profesional al amateur. A lo mejor ya está sucediendo y el algoritmo no me lo cuenta y en poco tiempo vamos a interrumpir un partido de tenis un sábado a la mañana en el country del Club Provincial para ver si fue bueno o malo un segundo saque. O que esas cámaras fijas que hoy registran el sórdido espectáculo de un fútbol 5 entre adultos fuera de estado sirvan para zanjar las discusiones sobre un foul. Espero equivocarme y que no me encuentre mañana consultando un teléfono inteligente para ver si es o no “vuelta” una jugada en el frontón de pelota paleta del Centro Navarro en Funes. Sigo teniendo fe en lo que dijo una de mis personas favoritas, la escritora Ursula Kroeber Le Guin: cualquier poder humano puede ser resistido y modificado por seres humanos.
8 Estar viendo el partido, cualquier partido, y ante el mínimo incidente chequear el celular para ver qué dicen en los chats es un poder que puede ser resistido y modificado por los seres humanos. Pero, mientras escribo este último párrafo, siento que la ansiedad por la final de este domingo 19 de julio entre Argentina y España va a ser incontrolable. No sé si como seres humanos estamos en condiciones de resistir ese poder y me abandono a la experiencia. El lunes vemos como seguimos.