“Lo que hace la normalización es transformar lo moralmente extraordinario en ordinario. Nos hace capaces de tolerar lo que alguna vez fue intolerable, haciéndolo pasar como algo que siempre fue así”
de Cómo funciona el fascismo: la politica del nosotros y ellos, de Jason Stanley
1 La relación con el otro es uno de los grandes temas de la humanidad desde el principio de los tiempos, a la altura del problema de la muerte: si cada uno de nosotros tiene conciencia individual, podemos compartir algunas experiencias pero seguramente otras no. Todos somos distintos y parecidos. Desde que el ser humano se autopercibe como tal buscó saldar esas diferencias de puntos de vista de manera más o menos violenta, con relativo éxito y muchos fracasos. Trescientos mil años después seguimos en la misma, en un largo ciclo de creación y destrucción.
2 Uno de los ejercicios filosóficos más importantes que intentamos desde el principio de los tiempos es tratar de ponernos en el lugar del otro para pensar algo. A esto se le suele decir empatía, pero el concepto es mucho más profundo. No deja de ser un intento, nunca nos podemos poner efectivamente en el lugar del otro, es imposible. Podemos acercarnos a una subjetividad, analizarla y tratar de entenderla. Pero llegamos a un límite, no hay forma de ser el otro. Por más que hagamos un esfuerzo tremendo, siempre nos va a faltar cinco para el peso. Como dice el principio de incertidumbre de Heisenberg: a una escala lo suficientemente pequeña, subatómica, solo se puede medir la posición de una partícula o la energía de una partícula, pero no ambas. Para medir algo, inherentemente estás interactuando con eso. Hay un límite para esa medición exacta y para la empatía: nos podemos acercar pero hasta ahí.
3 Para resolver el problema del otro la humanidad probó dos opciones fundamentales: la violencia (1) y el acuerdo (2). La opción (1) fue la más usada por goleada y no cambió demasiado desde que se utilizó por primera vez, lo que ganó en eficacia fueron las herramientas para aplicarla. Si el otro me rompe las pelotas hay que fajarlo hasta que obedezca y si no obedece lo matamos. Problema resuelto, hasta que aparece otro con un palo más grande que el que yo tenía.
La opción (2) mencionada en este párrafo, la de los acuerdos, es más compleja: se crearon religiones, sistemas sociales y políticos, normas, reglas y leyes. Se mezclaron y superpusieron, se recurrió frecuentemente a la violencia para que funcionen. Inclusive se buscó reglamentar y legalizar esa violencia para mantener un orden. Todas esas experiencias encontraron y encuentran un límite. La opción del capitalismo con visos de democracia e imperio de las leyes parece toparse con ese límite en que las cosas se descontrolan del todo para dar paso a una violencia fuera de toda racionalidad.
4 Entonces, ante lo incierto de la existencia, la humanidad buscó la respuesta en la violencia y los acuerdos. En esas búsquedas, algunos individuos y colectivos encontraron certezas momentáneas útiles para vivir y creyeron que era necesario imponerlas a otros individuos y colectivos. Y casi siempre se pudrió.
5 Ahora voy a hacer algo contraproducente para la imagen que me propongo tener ante el (escaso) público que lee esto: la de un individuo cool que intenta ponerse siempre en el lugar del otro y apostar por lo colectivo. Creo que ese intento siempre vale la pena y no voy a dejar de hacerlo, a pesar de que ya establecimos que nos topamos con un límite que no se puede atravesar. Pero a veces lo que vale la pena es quedar como un pelotudo con la esperanza de comunicar algo que uno piensa importante: entonces, voy a contar algo desde mi perspectiva y experiencia individual.
Resulta que nací en 1973, en una familia de clase media. Mis padres son primera generación de universitarios y apenas salieron al mercado laboral consiguieron un trabajo en blanco, se casaron, sus padres los ayudaron a comprarse una casa, tuvieron dos hijos. Inclusive habiendo atravesado una dictadura militar horrorosa, de 1976 a 1983, lograron protegernos del terror sin ocultarnos nada, algo que seguramente no fue fácil. Ahora están jubilados, les alcanza para vivir. Mientras conviví con ellos nunca sentí la incertidumbre de quedarme sin comida, sin techo, sin ropa, sin salud. Hoy, todavía, sé que puedo recurrir a ellos si necesito algo de eso y, de hecho, lo hago. Crecí en la certeza de que era posible una sociedad con algunas mínimas garantías y derechos para una parte importante de la población. Por haber sido alumno de escuelas públicas desde edad muy temprana siempre supe que lo mío, en comparación, era un privilegio pero, la verdad, rara vez lo viví con culpa. Ojo, soy plenamente consciente que la mitad de los argentinos percibe un nivel de incertidumbre que ningún clonazepam podría calmar si yo lo experimentara. No tener la garantía de que vas a poder comer en los próximos días es el límite con el que se encuentra mi intento de ponerme en el lugar del otro, de empatizar. No puedo saber qué se siente, por ahora.
Esta situación de privilegio que experimenté hasta mi salida al mercado laboral en los 90 es una parte muy importante de mi subjetividad. Pero bueno, en los 90 pasaron cosas parecidas a las que suceden ahora en la Argentina. El loop de volver a escuchar por tercera vez a lo largo de una vida ciertos discursos públicos casi idénticos se siente como cuchillazos en el cuerpo. Igualmente, al ser joven y tener el respaldo de mis viejos y de la red social que conlleva mi privilegio de clase, nunca me sentí en la intemperie en los 90, inclusive cuando me echaron de mi primer trabajo como periodista, allá por abril del 2000. Cubrí miles de piquetes, protestas y quemas de gomas de gente que lloraba y pensaba que se quedaba sin nada. También quemé gomas, tiré huevazos y me disfracé de piquetero para poder cobrar 300 dólares cada dos meses. Sin embargo, tal vez por mi edad actual o cierta tendencia a la dramatización, nunca sentí tanta incertidumbre como hoy. Mi cuerpo y mi mente no están preparados para eso, tengo que admitirlo. De hecho, escribo esto para ver si puedo calmar esa sensación horrible.
6 La reforma laboral que casi seguro se va a aprobar en el Senado argentino el viernes 27 de febrero (mañana para este texto) es un mensaje más en el sentido de los tiempos que corren: los líderes de nuestra sociedad podrían estar pensando en cómo adaptarse a los cambios que estamos viviendo, donde la certeza del trabajo como organizador social, una vez más, parece desintegrarse y, entonces, seremos reemplazados por robots e inteligencias artificiales que no necesitan que les paguen para comprar comida, casa, salud o jubilación. A mí me parece que lo que estaría bueno es ver cómo sumamos a más conciudadanos al campo de los que tienen algunas certezas, derechos y garantías de poder procurase algún tipo de alimento y techo. En cambio, lo que nos proponen con esta ley -junto a otras decisiones políticas y económicas- es avisarnos que, como ya una parte de nosotros habita en la incertidumbre total, es mejor que seamos más los que viven así y que entonces salgamos a cazar las condiciones necesarias para vivir como podamos. Que, como era antes, hace mucho tiempo, nos fajemos y matemos entre nosotros para conseguirlo, que eso estaba bien, total el palo de ellos es más grande.
7 El objetivo me parece bastante claro: reducir la clase media de la Argentina a la mínima expresión en términos económicos pero, sobre todo, que desaparezca como concepto aspiracional. Que no haya un escalón intermedio -un descanso en la carrera por el ascenso social, un reparo en la incertidumbre- hace todo muy cuesta arriba y el muro que separa a pobres de ricos se vuelve tan alto que casi que no vale la pena escalarlo. “Como era antes, como fue siempre”, según me dicen. Pero ojo, che: no perdamos las esperanzas, porque hay muchos antecedentes de que en algún momento, si logramos seguir existiendo, le podemos encontrar la vuelta a esto que nos proponen.