Sitio La Calavera: lo que nos cuentan los “cerritos” de las islas
Hace más de mil años que los montículos de tierra en el Delta del Paraná albergan viviendas, huertas y cementerios de pueblos originarios. Investigadores buscan revelar los misterios del humedal.
La lancha con el grupo de arqueólogos que investiga a las antiguas poblaciones del Delta del Paraná sale de Puerto Gaboto, 60 kilómetros al norte de Rosario. Baja por el río Carcarañá y empalma con el Coronda. Da unas vueltas por arroyos y recodos, atraviesa el cruce Las cuatro bocas hasta el ingreso del sitio La Calavera, bastante antes del Parque Nacional Islas de Santa Fe. En la costa, donde los sauces dan la bienvenida y algunas ramas se arquean hasta sentir el agua, se inicia el sendero de unos cien metros de pastizales y plantas bajas. Algunas pinchan, otras acompañan gentiles. Del camino no trazado emergen dos cosas. Una es muy visible: el verde de una arboleda o monte. La otra no está oculta pero solo se aprecia si se presta atención. Es una porción de tierra sobreelevada y contiene una información milenaria.
No está claro donde nace el desnivel, ni cuántos metros tiene de alto con respecto al suelo porque es una inclinación sutil, pero este lugar que llaman “cerrito” no es un fenómeno natural: fue construido por los indígenas de estas islas hace cientos de años, miles. No es este tampoco un espacio único: los arqueólogos tienen relevados 90 sitios en los humedales. De unos 35 tienen datos por haber hecho sondeos o “pruebas de pala”; algunos fueron visitados y a otros los conocen por estudios anteriores. En diez lugares puntuales realizaron excavaciones para un análisis más detallado. Este, con el sugestivo nombre de La Calavera, es uno de ellos.
La misión es un paso importante para el grupo. Rodrigo Angrizani, Mariano Bonomo y Victoria Coll son investigadores de la Universidad de la Plata y del Conicet de Entre Ríos. A esta expedición se sumó el norteamericano Parker Valkenburg, con un dron especial. Es un equipo con tecnología Lidar (Light Detection and Ranging) de detección y medición de distancias por luz. Construye modelos de alta resolución en elevación de terrenos (topografía y mapeo 3D). Eso permite precisar las dimensiones, alturas y características del sitio.
Como todo desarrollo científico, hay aclaraciones y complejidades, pero se puede resumir en tres claves. Una: la cultura Goya-Malabrigo, los pueblos originarios de esta zona, tenían aldeas con viviendas, huertas y cementerios en tierras elevadas. Eran cerritos generados de forma antrópica, según los rastros encontrados y estudiados. Eso implica que los pobladores no eran solo cazadores, recolectores y nómades, como nos enseñaron en la escuela. Esta era su tierra y se protegían de las inundaciones (y de los ataques de otras etnias).
Segunda clave: sabían cultivar en parcelas. Eran agricultores mucho antes de la llegada de los españoles (al menos unos 500 años previos al arribo de Sebastián Gaboto a la región, en 1527).
Tercera: los cerritos no eran campamentos u ocupaciones aisladas, estuvieron activos a lo largo de generaciones.
Desenterrar el pasado
El primero en bajar de la lancha y atar un cabo al tronco de un árbol costero es Rodrigo Angrizani: brasilero, viajó hace 20 años a estudiar en La Plata y se sumó al equipo del profesor Mariano Bonomo. Es doctor en Ciencias Naturales con especialización en arqueología. Se quedó en Argentina y trabaja como investigador del Conicet (en el Centro de Investigación Científica y de Transferencia Tecnológica a la Producción de Diamante, Entre Ríos).
Rodrigo recuerda que en 2006 empezaron a estudiar las poblaciones del Delta del Paraná superior, en las áreas de Victoria, Diamante y Gaboto. Retomaron los desarrollos previos (hay trabajos desde fines del siglo XIX), recorrieron los territorios y hablaron con los habitantes actuales. Muchas veces, los isleños, puesteros o pescadores son los primeros en encontrar cacharros y facilitan la identificación de los sitios.
Entre otros importantes, fueron a Los Tres Cerros, la reserva natural que pertenece a la Municipalidad de Rosario (ex Legado Deliot), al Cerro Tapera Vázquez, dentro del Parque Nacional Pre Delta de Diamante o al Cerro de las Pajas Blancas, sitio registrado en la década de 1940 por la arqueología argentina, en el departamento San Jerónimo santafesino.
En 2019 encontraron La Calavera, cerca de Gaboto. Después de la pandemia, en noviembre de 2022, iniciaron las excavaciones que siguieron en abril de 2023. El pozo lo hicieron de diez metros cuadrados, cinco por dos, y 1,85 de profundidad. Lo usaron para leer pistas del pasado enterrado. Trabajaron con estudiantes de Rosario, La Plata, Córdoba y Entre Ríos. “Empezó a aparecer material, cerámica y restos de fogones”, cuenta Rodrigo parado en el lugar que ahora está semi tapado.
–Cuando vos decís “resto de fogones”, ¿eso lo pueden ver claramente a pesar del paso del tiempo?
–Sí, son concentraciones de carbón. ¿Viste cuando hacés un fuego en un campo, llueve y te quedan carbones medios sueltos? Bueno, nosotros vemos algo parecido a eso. Y aún más, vemos tierra quemada.
–¿Qué antigüedad tienen estos restos?
–Este sitio está fechado en mil años en su capa de ocupación intermedia, o sea que probablemente es más antiguo. Todavía no tenemos los resultados de las excavaciones más profundas. Lo de abajo es lo más antiguo. Lo de arriba, más reciente, por cómo se va sedimentando. En la región, que nosotros conocemos como de la entidad Goya-Malabrigo, que sería la materialidad de los ancestros de los chaná-timbúes, tenemos por lo menos dos mil años de ocupación. Esos son los fechados más tempranos en el Delta.
–¿Cómo definen si son de 500, 1.000 o 2.000 años?
–Esa precisión se llama “fechados absolutos”. Agarramos restos orgánicos que tuvieron un uso, una relación con las actividades humanas, como el carbón de una fogata o un resto de hueso de un animal que fue consumido. Lo mandamos a un laboratorio de Carbono 14 y hacen un análisis físico-químico. Nos pueden decir con cierta precisión de hace cuánto tiempo es. En el ejemplo de un carbón, nos dice cuándo fue quemada esa madera.
–En este lugar, ¿qué información concreta vinieron a buscar con las excavaciones?
–Una de las cosas que siempre está en discusión es si los cerritos son naturales o antrópicos. Si se hicieron naturalmente, por acumulación de depósitos fluviales que son conocidos como albardones en la región, o si fue antrópicamente modificado para ampliar y sobreelevar el terreno. Es una pregunta bastante básica. Después de eso, ¿qué vamos a encontrar? Nosotros detectamos restos de fogón y otros materiales pero queríamos entender qué pasaba en esa espacialidad porque diez metros cuadrados de observación es apenas una ventanita. Este cerro tiene miles de metros cuadrados. Hacer investigación arqueológica es conservar y registrar los contextos de asociaciones. ¿Cómo los elementos están espacialmente correlacionados? Las excavaciones tienen que tener una precisión espacial para que después en laboratorio podamos correlacionar.
Liberar a los espíritus
El dron no filma, escanea el territorio en 3D. Usa la tecnología Lidar, con láser y sensores veloces que miden distancias y formas. Al esqueleto de pixeles lo rellena con fotos satelitales que toma al mismo tiempo. La nube de millones de puntos de colores, según las alturas, se superpone a las imágenes y crea un mapa digital preciso. “Registra hasta los huecos en los árboles”, explica Parker Valkenburg.
Parker es de Estados Unidos pero ya trabajó con Bonomo y tiene experiencias en sitios de Perú. Es un “arqueólogo digital” que se formó en la Universidad Brown de Providence, Rhode Island. Se especializó en el manejo de estos equipos de última tecnología. Mueve los controles y mira la pequeña pantalla: el dron ahora es un ave lejana que hace lo suyo allá arriba. Apasionado, habla en un castellano claro pero atravesado por el tono del norte (parece un personaje de las expediciones de “El misterio de la Argentina”, un clásico de Tato Bores).
Antes de contar con esta tecnología (que hace años solo se usaba con aviones y costos inaccesibles), el grupo hizo mediciones de topografía tradicional pero con la dificultad de trabajar en el humedal. Estiman que hay dos metros de altura del cerrito sobre la parte baja de la llanura aluvial, el área plana donde hay una vegetación de inundación. En algunos puntos más bajos, hacia la costa, la diferencia puede ser de hasta cuatro metros. “No es una elevación abrupta. Además, hubo mucho proceso erosivo por el tiempo. Se empiezan a desdibujar las geoformas. Imaginate esto hace mil años”, dice Rodrigo mientras trae un fragmento de alfarería gruesa que encontró en el monte. Se lo muestra a Mariano y a Victoria.
“Mirá el grosor”, dicen ellos y explican: es un fragmento de una campana (por la forma) con perforaciones, característica de la cultura Goya-Malabrigo. Se usaba como posible sahumador, para conservar las brasas o para dejar junto a los entierros humanos. En casi todos los cerritos hay restos que son compatibles con cementerios.
En Historia Prehispánica de Entre Ríos, Mariano Bonomo señala que “los primeros pobladores del continente americano arribaron hace más de catorce mil años” (descendió el nivel del mar y emergió un puente terrestre que conectaba América con Asia) y que alcanzaron las pampas argentinas hace doce mil años. Los chaná se instalaban en las islas para defenderse del enemigo y “evitaban enfrentamientos con los guaraníes y los charrúas”. “Rompían las vasijas cuando abandonaban los campamentos para liberar a los espíritus que las habitaban. A las campanas de cerámica las usaban como ajuar funerario y las decoraban con loros para que dialogaran con los difuntos”, detalla.
Estructurar la geografía
Desde el pozo, que está en el centro del sitio La Calavera, hay unos 20 metros para cada lado. De largo, tiene otros 100. “Entender cómo estaba espacialmente distribuido esto nos va a llevar mucho tiempo. Encontramos mucha cerámica que tiene que ver con el uso doméstico de esas poblaciones. Son miles de fragmentos que vienen de cientos de vasijas. Eso es una característica de las ocupaciones Goya-Malabrigo: una cantidad brutal de artefactos cerámicos”, dice Rodrigo.
Esa riqueza de materiales refuerza también que no eran campamentos aislados sino lugares de ocupación persistente. “Se formaron aldeas con horticultura (hacían maíz, porotos y calabazas para complementar la pesca), con presencia y permanencia. Este es un sitio que conocemos menos porque hicimos recién una excavación. Hay otros espacios, como el de Los Tres Cerros (en la zona de islas frente a Rosario), que sabemos que hubo más de 700 años de ocupación entre el fechado más antiguo y el más reciente. No fueron ocupaciones continuas. No es que esa gente vivió 700 años ahí, pero estuvieron generación tras generación”, explica.
Los fechados radiocarbónicos del sitio Los Tres Cerros datan de entre 1227 y 560 años antes del presente. Es decir, del año 800 al 1400 de nuestro calendario.
Los pueblos originarios de esta zona no eran nómades sin tierra: “Se desplazaban porque eran poblaciones canoeras. Pero no se desplazaban al pedo, o con esa idea de que la población indígena solo se iba a donde aparecían los animales. Los cerros implican la permanencia de esas poblaciones que estructuraron la geografía en ese lugar. Hay un paisaje antrópicamente construido e históricamente significado acá. Año tras año a lo largo de siglos, hay una historización del territorio”. Las jornadas de mapeo no se tratan solo de las excavaciones sino de comprender cómo estaban correlacionados los distintos lugares. Conectar La Calavera con Los Tres Cerros o con Diamante.
Desarticular los discursos heredados
Detrás del pozo, hay una casilla y algunas gallinas. Atrás de una parrilla quedó el esqueleto de una vaca y, un poco más cerca, la estructura de una vieja cama con los resortes oxidados. Que los cerritos de ayer sirvan de refugio a los pobladores de hoy no es casualidad: son territorios elevados que aún sirven para vivir. Un lugar estratégico ante las crecidas habituales del humedal. Eso demuestra que el ambiente fluvial es “el producto de una larga historia de manejo y sucesión de construcciones humanas que han quedado impresas sobre el paisaje”, dice Bonomo en Historia Prehispánica de Entre Ríos.
El humedal, entonces, “no solo es el resultado de procesos naturales, sino también sociales e históricos”. Investigarlo es reconocer “nuestra propia identidad latinoamericana” para “desarticular los discursos heredados de la época colonial”. También permite analizar el trasfondo de ciertas mutaciones. La búsqueda de evitar el impacto de las inundaciones hoy toma formas más abruptas. En lugar de elevaciones graduales en medio del entorno natural, los ganaderos construyen terraplenes, diques y caminos que tabican los cursos de agua y secan lagunas. El cambio de época expone las distintas cosmovisiones: de pensar a la naturaleza como parte esencial e indivisible se pasó a tratarla como una amenaza o enemigo a derrotar con artificios.
De forma indirecta, eso aparece en el trabajo que el grupo realiza hace casi dos décadas. Ya no hay dudas del origen humano de las sobreelevaciones pero surgen nuevos temas alrededor. “En la ciencia nunca cerrás ningún debate. Nuestra generación viene con otra tecnología y con otras preguntas sobre la población indígena. Como las relaciones de género o la relación hombre-naturaleza. Nosotros como sociedad cartesiana tenemos muy marcada la diferencia entre naturaleza y cultura, ¿por dónde pasaba esa línea divisoria en esa población?”, dice Rodrigo.
Sin apoyo oficial
La amenaza de tormenta no se cumple. Al atardecer, la lancha regresa al punto de partida en Puerto Gaboto. Los investigadores se suben a una Kangoo blanca que dejaron en el puesto de la Guardia Rural Los Pumas. No es un vehículo oficial del Conicet ni de ningún instituto: es el auto particular de Mariano Bonomo y no arranca.
Los arqueólogos se bajan y empujan (empujamos). La fuerza humana hace su magia y el motor del vehículo se enciende. Antes de irse, Bonomo y Victoria Coll cuentan que esta expedición la hicieron con recursos propios (ahorros de sus recortados salarios de investigadores).
El gobierno nacional se quedó con los fondos de una beca internacional que habían ganado, un programa del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Dos mil científicos denunciaron que la agencia federal que los financia retuvo más de 50 millones de dólares que les corresponden. El grupo solía hacer dos trabajos de campo por año y ahora solo pueden pensar en uno con mucho esfuerzo.
Resultados y una sorpresa
La jornada con dron en La Calavera se concretó el sábado 11 de octubre pasado. El equipo replicó ese trabajo unos días más en otros sitios. Semanas después, en diciembre de 2025, desde su Instagram de “Proyecto Chaná”, el grupo reclamó que el gobierno diera de baja las últimas convocatorias de los Proyectos de Investigación Científica y Tecnológica (PICT): “Sin proyectos no hay datos. Sin datos no hay ciencia. Y sin ciencia, solo queda el relato del mercado”. Mercado que, por caso, busca reducir el Paraná al concepto de hidrovía, una autopista líquida inerte.
En 2026, antes de publicar esta nota, Rodrigo aclaró que los datos recopilados aún son analizados por Parker. Les llamó la atención unas “elevaciones digitales morfológicas” en forma de C bajo el monte que no habían detectado en el territorio. Es algo preliminar que buscarán profundizar. El informe final estará listo este año y será compartido como un paper científico. Nuevos conocimientos sobre las múltiples capas de un ecosistema que sigue en disputa.